domingo, 20 de octubre de 2013

30.- Máquina de coser Singer.


Está máquina de coser, potenciadora del espíritu habilidoso femenino, orientó toda una serie de elementos que daban pie a labores productivas por parte de amas de casa.


Sin salir del ámbito doméstico la máquina de coser se constituía en una fuente de ingresos para la mujer, y para todo el grupo familiar, superando -cuando la habilidad lo permitía- los ingresos del esposo.


Una máquina de coser podía dar pié muchas actividades comunitarias, en el seno de asociaciones obreras, los talleres de "corte y confección".


La máquina de  coser Singer es una de las primeras máquinas de coser de la historia, siendo una versión perfeccionada por Isaac Merritt Singer  del modelo de Elias Howe.


Los inventores habían adoptado el mecanismo del punto de cadeneta de la máquina de coser de Howe, desarrollando algunas innovaciones. Isaac Merrit Singer inventó el mecanismo del movimiento de la aguja hacia arriba y hacia abajo, que era mejor que el de lado a lado. El mecanismo de la aguja era movida por un pedal, en vez de una manivela.


La máquina que aquí presentamos con el tiempo perdió el mueble soporte manivela, para lograr mayor velocidad con un motor eléctrico.



El pedal por un lado,  y el motor de fabricación nacional por el otro:: MAG motor universal para máquina de coser, de 20 HP; que en este caso lleva el número 138882.

Isaac Singer empezó a fabricar su máquina de coser en 1850.  Elias Howe lo buscó, informándole que las máquinas que estaba fabricando infringían el uso de una patente que legalmente le pertenecía a él. Como su situación económica era desesperada, le ofreció venderle los derechos por 2.000 dólares. Singer rechazó la oferta de una forma sumamente grosera e incluso amenazó físicamente a Howe.
 
Éste se retiró y habiendo aprendido de sus malas experiencias en Inglaterra con Thomas Saint, regresó al poco tiempo con un nuevo precio, de 25.000 dólares, ya no por los derechos de la patente, sino tan sólo por el derecho a fabricar las máquinas de coser bajo su licencia. Singer y su socio, el abogado Edward Clark, corrieron rudamente al frágil inventor. Así empezó lo que los periódicos de  Nueva York  llamaron «La Guerra de las Máquinas de Coser». En ese momento, la máquina de coser era algo que ya se veía necesario, ya que se estaba gestando la revolución industrial.


La máquina que mostramos perteneció a Elisa Inés Rodríguez, nacida en Buenos Aires el 20 de julio de 1906, y fallecida en la misma ciudad a la edad de 97 años.


Su taller funcionaba en Alcarás 4958, Villa Devoto, y su especialidad era el bordado a máquina.


La calidad de su trabajo, perfeccionado durante su larga vida, puede apreciarse en los detalles de este mantel.


Ella trabajaba mucho para la comunidad judía, los que apreciaban este tipo de manualidades.


El mantel que conserva Elsa Noemí Sguazzini es réplica de uno que hiciera por 1970 para Doña Sara, una de sus más importantes clientas.


Elsa no puede recordar cuanto tiempo demoraba la madre en realidad en todos sus pormenores un trabajo como el que tuvimos en nuestras manos.


Algo que dejó de ser de uso para grandes ocasiones, y pasó a consolidar el "museo familiar".


Junto a la máquina Singer queda como elemento artesanal anònimo este costurero.


Con su tapa trabajada en madera.


Y los múltiples elementos de trabajo, tal cual los dejó ella cuando con los años interrumpió su actividad.


La actividad de Elisa Inés no hubiera sido fácil sin la participación de "la señora de Viola", su dibujante. Elsa conserva de ella gran número de bocetos que luego su madre trasladaba con la Singer sobre la tela, con desafíos multicolores.


Convertida en abuela nuestra bordadora aparece son sus nietos: Analía y Santiago Otero.

 

Este último le pidió un día que le realizara un bordado en base un dibujo propio, y la abuela no tardó en realizar lo que quería el regalón.



Buscando ofertas en Internet hemos encontramos en Mercado Libre precio de una antigua máquina, sin adaptar al motor eléctrico a $ 820 de contado, o doce cuotas  de $ 101.


En tanto que las vidrieras actuales muestran los nuevos modelos a un precio un tanto superior, pero no tan inaccesible como era un artefacto de estos en otros tiempos.






domingo, 22 de septiembre de 2013

29.- Teléfono L.N.Ericsson Stokolm.


En el domicilio de Ramón García Abal -Perito Moreno 740-  se conserva en Río Grande este modelo de teléfono de pared. De los días en los cuales las comunicaciones se establecían por operadora.

 Perteneció a su suegro, Casimiro Torres, domiciliado en la misma manzana -los terrenos de ambos estaban comunicados por el fondo, siendo domicilio del aquel el de San Martín 747.

Es de los días en que se usaban estos aparatos de fabricación sueca, que funcionaban con un magneto activado con dos grandes pilas.

Como sabemos que el teléfono es un tesoro familiar que no estará a la venta averiguamos en internet cual puede ser su precio, y encontramos en Colombia -vía Mercado Libre- uno a la venta en $ 1.200.000 de la moneda de ese país.

La guía que ilustra esta presentación es del año 1957 y en ella podemos ver corregido a lápiz el número 119, que fuera corregido sobre la denominación anterior 24-B.





Los diagramas que incluimos pertenecerían al año 1937, y reflejan un desarrollo primario del servicio que tenía dos centrales, una en la zona portuaria cercana a la Prefectura, en lo que en otro momento se llamó MUELLE MARÍA BEHETY.


En tanto que la otra estaba en la margen sur, cerca de lo que se llamaba el MUELLE JOSÉ MENÉNDEZ.


El siguiente croquis muestra como se podía comunicar entre Estancia San Martín al norte, y estancia Los Cerros, al sur.


El diagrama da cuentas del tendido de alambre entre las estancias.



El teléfono de los García-Torres en otros tiempos, en días de Doña Carmen, la esposa de Ramón, mostrando como se hacían las llamadas: ¡operadora! ¡operadora!



martes, 10 de septiembre de 2013

28.- Máquinas de contabilidad.




Máquina de calcular Facit de fabricación sueca. Prodigioso aparatito que te permitía multiplicar, cando vueltas en un sentido con la manivela de la derecha según como era la operación: por dos, dos vueltas, por tres, tres vueltas. ¡Para dividir se invertía la operación!



En la base una placa metálica conserva la identidad de los fabricantes.


Los números dan una idea de la complejidad de las operaciones.


Una máquina hecha para durar, y de cuya operatividad podemos tener mayor idea ingresando a youtube:




 Y aquí tenemos un producto de fabricación norteamericana: la máquina para imprimir cheques. Uno a uno se le daba el número que correspondía a cuenta y valor.


La máquina de calcular se ofrece en el mercado del usado argentino en $360, la de imprimir cheques no está en oferta, ni en espacio especializado, ni en el interés de su propietario: el Titular por Río Grande de Consejo de Profesionales de Ciencias Económicas, Heraclio Juan Lanza.








miércoles, 28 de agosto de 2013

025.4.- Libro AVENTURAS DE DOS NIÑOS PERONISTAS.

Este libro se imprimió en la primera quincena de Julio de 1948 en Peuser, Patricios 567, Buenos Aires, para la Editorial Codex S.R.L., Sarandí 328, Buenos Aires. Industria Argentina.

Este nuevo abordaje nos permite llevar al final de esta historia.



En el escenario político del país, los acontecimientos se precipitaban.
El coronel Perón, al frente de la repartición creada por él, o sea la Secretaría de Trabajo y Previsión, realizaba una obra digna y humanitaria, sacando de la sombra a millares de seres que hasta entonces habían esperado en vano.
“¡Justicia social!”
Eso era lo que clamaba el pueblo proletario, y desde sus oficinas el hombre luchaba sin descanso por mejorar el nivel de vida de los obreros de la patria. Justas resoluciones llevaron un poco de claridad a muchos hogares humildes.
Vinieron las mejoras de salarios. Ahora, el descamisado, el individuo que hasta entonces había trabajado desesperadamente en favor de unos pocos, podía llamarse independiente desde el punto de vista económico.
Ahora podía sonreír en sus minutos de descanso, ver a sus hijos bien vestidos, llegarse hasta la farmacia a comprar medicamentos sin sobresaltos ni amarguras.
Desde ahora, el peón de campo no sería la criatura siempre explotada que no tiene derecho a rebelarse; ese peón de campo que otrora fue carne de cañón en nuestras luchas por la libertad y que hoy, de sol a sol, labraba la tierra o arreaba ganado por interminables caminos de la llanura.
Ahora estábamos en una nueva Argentina, más justa y, en consecuencia, más grande.




Un día en que su madre lo desvestía, el pequeño Héctor se sorprendió al ver un retrato desconocido colgado de una de las paredes de la habitación.
-¿Y ése, mamita? ¿Ese es el hombre de quien dice papito que hace cosas tan buenas para nosotros?

-Sí, querido, es ése.
-¿Es el mismo de antes? ¿El mismo de quien papá habló hace mucho?  ¿Es el hombre que Mariquita no sabía cómo se llamaba?
-El mismo, Héctor.
-Es el coronel Perón, ¿no, mamita?
-Sí, hijito.
-Papá lo debe querer mucho... Ha colgado el retrato al lado del de abuelita...
-El coronel es el protector de los obreros, de los descamisados, de la clase trabajadora. ¡Merece estar ahí!
Entonces, como dice el “Pecoso”, ¿nosotros somos peronistas?
-Sí, Héctor, somos peronistas –contestó la bondadosa mujer con una sonrisa-. Perón es un patriota, y a los patriotas desinteresados hay que seguirlos siempre.


Transcurrieron meses de contratiempos, de afanes, de lucha sin tregua para los gobernantes. El país, sin embargo, seguía su marcha ascendente, y el pueblo sonreía dichoso.
Y llegó una fecha histórica, comienzo de una nueva era, anhelado camino de paz y bienestar para todos.
Pero, amiguitos míos, no nos apartemos de Héctor y María, los niños, que fueron testigos de acontecimientos que no se habrán de borrar de la memoria de los argentinos que vendrán.
Llegó el 17 de octubre de 1945.
Aquella mañana, los niños, acompañados del abuelo Nicolás, se fueron de paseo hasta el Riachuelo, para ver los barcos.
Sobre la margen sur de aquél, se dieron de boca con una multitud acalorada, la que a gritos pedía que se bajaran los puentes para poder entrar en la Capital.
Era una ola humana incontenible, grandiosa, que porfiaba por llegar hasta las calles del centro. Allí se veían hombres, mujeres, ancianos y hasta niños que levantaban el brazo pidiendo paso libre.
¿Qué sucedía?
El abuelo Nicola, alarmado, buscó un lugar que ofreciera más abrigo.
-¡Queremos pasar! -rugía la gente.
-¡Queremos la libertad de nuestro líder! –vociferaban otros.
Por momentos, parecía que todo ese hervidero de ente inventaría cruzar el río con peligro de la propia vida.
Héctor y Mariquita, aterrados ante semejante espectáculo, se prendían a los brazos del abuelo y lo interrogaban temblorosos.
-¿Qué pasa, abuelito? –preguntaba el niño-. ¿Qué quiere esta gente, que parece que está loca?
-No sé, hijo...
-¡Vamos a casa! –lloriqueó la niña-. ¡Tengo miedo!
El viejo Nicola creyó muy acertado el pedido de la nietecita. En el acto tomó por la calle Montes de Oca en dirección a su no muy lejano barrio.
Pero, ¡cosa extraña! Por todas partes se veían grupos de personas agitadas, sudorosas. En cada esquina se formaban manifestaciones que, entonando cánticos y dando vivas a un hombre, se encaminaban hacia el centro de la ciudad.
-Perón... Perón... Perón...
-Nunca he visto algo parecido –dijo el abuelo, arrastrando a los pequeños.
Un hombre que encabezaba un grupo de disciplinados obreros que acababan de abandonar el trabajo en una fábrica del barrio, pasó junto a los tres, gritando algo que iluminó la mente del abuelo.
-¡A Plaza de Mayo! ¡Queremos la libertad del coronel!
¡La libertad del coronel! Entonces, ¿había sido detenido el líder de los trabajadores? Entonces, ¿toda esa ola humana era el pueblo laborioso de Buenos Aires que marchaba a pedir a su conductor?
Si. ¡Era eso!
El abuelo llegó por fin a la casa. Cubierto de sudor y muy intranquilo, preguntó por los padres de los pequeños.
Catalina, La mujer del fundidor, le explicó lo ocurrido en pocas palabras.
-Han detenido a Perón, y el pueblo ha salido con la gente a Plaza de Mayo.
-¡Yo también quiero ir! –gritó el pequeño, lleno de fuego-. ¡Yo también soy peronista!
-Todavía eres muy chico –respondió el abuelo-. Eso es cosa de hombres, de hombres que piden justicia. Ya te llegará el día en que recuerdes lo que ha pasado y se lo cuentes a tus hijos con orgullo, dentro de muchos años.  El obrero fundidor, padre Mariquita, llego esa noche molido de fatiga y narró lo sucedido.
¿El pueblo, todo el pueblo, millares, centenares de miles de seres humanos, solicitando la libertad de Perón!
Luego, la figura del líder en los balcones de la Casa de Gobierno ante la alegría desbordante de aquella muchedumbre, jamás vista en la Capital Federal.
Día inolvidable! ¡Día único en nuestra historia, ya que desde ese instante cambiaba el destino de la patria!
-Ya tenemos al hombre que esperábamos –dijo el obrero al término de su narración-. Ahora los deseos de justicia se convertirían en felices realidades, aunque no lo quieran los que todavía luchan por aprovecharse de nosotros y explotarnos.
Los niños lo contemplaban, confundidos. Había sido aquél un día extraño, en el curso del cual experimentaron mucho miedo.
Unos minutos de silencio hubo en el humilde cuarto.
Repentinamente, a la distancia, se escuchó un creciente rumor. Era un rumor como de mar, como de tormenta...
Por fin llegaron las palabras con claridad.
La multitud regresaba, satisfecha de haber sido oída. Regresaba, sabiendo que el jefe se hallaba en libertad.
Pasó por la esquina, entre antorchas y banderas.
En millares de bocas, una sola canción:
“¡Oíd mortales!, el grito sagrado
Libertad, libertad, libertad.”
 
 




Con el trascurso de los meses, Perón fue llevado al situal de Presidente de los argentinos. El pueblo lo había elegido en forma tan limpia, que hasta los propios enemigos aplaudieron.
¡Oh, asombro!
Un hombre que levantaba tan sólo el estandarte de la justicia, del patriotismo verdadero y la promesa de mejores días para la patria, fue elegido Presidente y llevado en triunfo por sus conciudadanos.
Todo eso lo vieron Héctor y María.
Los pequeños fueron testigos de tantos acontecimientos maravillosos en tan contados años, que al recordarlos sus cabecitas se nublan y sus ojos se entrecierran, como enceguecidos.
Hoy, sus padres ríen, cantan y van a la tarea diaria con una escarapela al pecho.
Ahora tienen más dinero. Ya no son los miserables obreros que llevaban unos pocos pesos por quincena, entre los suspiros de las esposas y los pedidos insatisfechos de los hijos.
El pueblo se reúne muy seguido en la histórica Plaza de Mayo para saludar a su gobernante y aplaudir su palabra.
“¡Mejor es cumplir que prometer!”
-Sí –dice el padre de María-; Perón cumple, y ya vemos los resultados: ferrocarriles nuestros; teléfonos nuestros, empresas extranjeras nuestras; casas baratas; mejores jornales; libertad, igualdad y fraternidad entre los argentinos. Hombres contentos, y la bandera de Belgrano flameando orgullosa desde La Quiaca hasta la Antártida. ¿Qué más podríamos pedir?
¡¿Y el Plan Quinquenal? –pregunta don Nicolás.
-Otra obra maravillosa, abuelo –responde el obrero-. Gracias a dicho plan, tendremos miles de kilómetros de caminos; miles de escuelas; cientos de diques; millones de hectáreas, hoy improductivas, que se abrirán a los trabajadores del campo. Tendremos muchos hospitales, colegios de enseñanza industrial y mecánica, comisiones de cultura en todos los órdenes, universidades que abran sus puertas sin distinción de clases, fabricas inmensas, y trabajo en una palabra, para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.
¡Esa es la obra de un criollo de ley, al que sigue su pueblo agradecido!
 

Héctor y María, los aventureros y simpáticos hijos de obreros, se hallan en la puerta de su casa, jugando.
-¿Has visto mi muñeca? –pregunta la niña, radiante-. ¡Antes mamita no podía comprarmela, pero anoche me trajo ésta!
-Y tú, ¿has visto mi carrito? –responde el niño, mostrando un hermoso vehículo en miniatura-. Papá me lo regaló ayer. ¡Antes nunca lo tuve yo tampoco!
Los dos sonríen, felices.
En sus rostros angelicales se refleja la dicha de todo un país.
Y aquí llegan a su término, mis queridos lectorcitos, las extraordinarias aventuras de dos niños argentinos que tuvieron la suerte de vivir días gloriosos e inolvidables para la patria.














sábado, 24 de agosto de 2013

027.- Muñeca Kukilín



Juguete de fabricación nacional, altura 35 centímetros, con vestido original. Propiedad de Alejandra Menéndez Aldé, actualmente domiciliada en San Fernando, provincial de Buenos Aires.

Las muñecas de esta marca ya eran fabricadas en la década del 60 y no hemos logrado mayor información sobre su lugar de procedencia, y el derrotero de la firma que las construía.

Actualmente se venden en Tom Distribuidora, Blanco Encalada 1315 Buenos Aires. Y por Mercado Libre hay variadas ofertas de distintos modelos, entre ellos la muñeca negra –que se sabía de la suerte y no destinada necesariamente a niñas, en valores que van entre los $ 100 y $  200.



Alejandra nos contó la historia particular de su juguete: “La tengo desde el año 1972, mide 35 cm, fabricación argentina, marca Kukilín. Me encantó ese nombre y así se llama”

“Me la reglaó mi abuela Neva Barsoti, no se si la compró en Montecarlo o lo de Menón, el precio obvio que ni idea”.

“Cuando mi abuela estuvi viviendo en Mendoza yo se la di para que se acordara para siempre –ja ja que chiquilinada!-, cuando abandon Mendoza –enviudó- fue una de las pocas cosas que no regaló y volvió a mí”.


“La tengo siempre sentdita sobre mi cama. Las otras están en Río Grande, domicilio paterno: una habla y la otra camina. La que habla dice ¡hola!, y le pones por la espalda disquitos y canta. La otra sola camina…”



25.3 Libro Aventuras de DOS NIÑOS PERONISTAS



Oh! Que ha pasado con nuestra lectura. Creí que nadie la extrañaba hasta que llegaron a preguntarme si pesaba en mí cierto tipo de censura. ¡Censura! Eso es cosa de otro tiempo: la cuarta entrega lo demuestra

En el piso de arriba, la escena fue tan emotiva como la anteriormente descripta. Mariquita, sus padres y el abuelito Nicola se fundieron en apretados abrazos. Acto seguido le hicieron ver su error y el inmenso peligro que habían corrido en un día tan lleno de novedades como ése. Los diálogos se sucedían con animación.
-¡Si hubiera visto! –describía la niña a su madre-, ¡Muchos hombres entraron a la carrera en un gran edificio, que después supe era la Casa de Gobierno! Más tarde llegaron los soldados, y el pueblo corría de un lado para otro. Todo eso me dio mucho miedo. ¡Menos mal que Héctor es un hombre! Me tomó de la mano y me escondió detrás de una pared, desde donde vimos muchas cosas que hacían temblar. ¿Qué quería decir todo aquello, papito?
-No lo comprenderías aunque te lo explicara, queridita. Lo único que debes saber es que ahora nosotros, los pobres, vivimos llenos de esperanza de que nos escuchen y de que alguien se ocupe de nuestra situación.
-¿Quiénes mandan ahora, papá? –tornó a preguntar la niña.
-Militares. Hombres hechos a la disciplina y patriotas que sabrán cumplir con su deber.
-Entonces, ¡los hombres que no son militares son malos?
-No, hijita, no. Hay algunos muy buenos, y ellos son los que han hecho esta patria grande donde has nacido, junto con los que llevaron o llevan espada. Los argentinos nos sentimos muy orgullosos de nuestra masa civil, en medio de la cual han vivido y viven ciudadanos que han hecho y hacen honor al país.
-Y esos civiles, ¿han sido patriotas?
-Mucho. Grandes hombres que ya conocerás en la escuela, cuando te lo enseñen. Sabrás entonces quienes fueron Moreno, Rivadavia, Paso, Beruti,  el propio Belgrano antes de ser militar, Chiclana, Justo de Santa María de Oro, Sarmiento, Alem, Yrigoyen y muchos más que se consagraron nada más que a la patria.
-¡Qué lindo sería conocer la vida de cada uno de esos hombres tan grandes!
-Efectivamente –terminó el obrero-. Hoy necesitamos alguno que, como aquéllos, gobierne con justicia y lleve alegría a todos los hogares argentinos.
-¿Y ese hombre de que hablas existe, papá?
-¡No lo sé, Mariquita, pero ojalá sea así!
Minutos después, la niña cerraba sus grandes ojos azules cargados de sueño, y el obrero, besando la frente angelical, se retiraba, entornando cuidadosamente la puerta.



 





El país, bajo el nuevo gobierno revolucionario, prosiguió su vida normalmente. Fue reconocido por todas las naciones del mundo, y sus hombres continuaron desarrollando sus variadas actividades. Para Héctor y Mariquita la vida continuaba siendo la misma, es decir, la escuela, los juegos en la vereda y las reuniones enla casa de dos plantas.
Una noche en que su padre leía el diario y comentaba los últimos acontecimientos, Mariquita escuchó algo que le hizo prestar atención.
-Ahora –había exclamado el padre, levantando los brazos- podemos tener esperanzas de protección. ¡Por fin ha aparecido el hombre que buscábamos! ¡Por fin!
Mariquita hilvanaba esas palabras con otras escuchadas meses antes,  aquella noche en que su papá le hablara ela necesidad de encontrar a alguien que comprendiera el problema de todos los argentinos.
-¿Un hombre? –inquirió la niña con timidez-. ¿Dices que ha aparecido un hombre? ¿No será el mismo de quien me hablaste hace un tiempo, papito?
-Si, hija mía –respondió el obrero-. Es el mismo. El pueblo lo buscaba, el pueblo lo necesitaba sin saber quién podría ser. ¡Hoy lo tenemos! ¡Lo hemos encontrado para que renazcan nuestras esperanzas!
Al día siguiente, de regreso de la escuela, María contó todo esto a su compañerito.
-¡Pero si eso yo lo sé también! –replicó el niño con el airecillo protector que adoptaba siempre que hablaba con su amiguita-. ¡Mi padre hace mucho que habla de ese señor! ¡Cómo se conoce que eres chica y que en tu casa no te consultan para nada! ¡Yo, hasta sé cómo se llama!
-¿Cómo?
-Juan Perón. Es militar... me parece que coronel.
-¿Y qué es ser coronel, Héctor?
-Y... es ser más que sargento... Es el que manda a todos menos al general. Lleva un uniforme muy lindo, con galones dorados y una gorra blanca y azul.
-Entonces, cuando sea grande voy a ser coronel –exclamó la niña con entusiasmo.
¡Bah! ¡No digas tonterías! Eso es cosa de hombres, nada más. Las mujeres solamente pueden ser enfermeras y, alguna que otra vez, puedes llevar el uniforme de la Cruz Roja...
-¡Qué lastima! –dijo la niña con un suspiro-. ¡Qué bien me hubiera quedado esa gorra azul y blanca...!
Y de esta suerte, entregados a ese diálogo inocente y encantador los dos prosiguieron el camino de retorno desde la escuela, que había abierto sus puertas para dar paso a cientos de palomitas blancas.





viernes, 16 de agosto de 2013

26. La última y la primera



Al 30 de junio caducó la concesión del Estacionamiento Medido a la ONG "Déjalo ser, déjame ser", que regenteaba una actividad polémica.

Ese día pagué mi última boleta al salir de la radio.

Hoy -16 de agosto de 2013- encontré la primer boleta verde, es por media hora y me la dejaron mientras asistía a mi clase de taichi.



Durante todo este tiempo en que no se pagó ahorré 282 pesos, los fui guardando para el cimbronazo no sea tan grande cuando se impongan los cuatro pesos en la hora, dos la media, uno los quince minutos. Es como si hubiera formado un fondo anticíclico.

Durante un tiempo pensé que el cobro del estacionamiento medido era necesario, situación que se reafirmó los primeros días en que pasamos sin sin su cobró.

Pero es complejo vivir en una ciudad donde hay tantos autos y en los que en buena parte de los casos sirven al transporte unipersonal.

Esto me lleva a recordar el cuento aquel de Condorito, que cuando Don Chuma le comenta que en EEUU hay un auto cada tres personas el dice: -"No puede ser, sino no los harían con cuatro puertas".

Son tantas las dificultadas para conseguir estacionamiento que en los últimos días he pensado en la necesidad que se extienda en mismo al casco antiguo de la ciudad, es decir Don Bosco por un lado, y Bilbao por el otro.

Mi amigo Don Pulgar, analista de cuando se le venga encima, opina lo mismo que yo pero el sostiene que un día debería cobrarse en las paralelas a Belgrano, y otro en las paralelas a San Martín.  Lo dice con picardía porque el vive en un pasaje oblicuo a ambas.

Mientras tantos se espera una pronta instalación de un techo de internet que relegaría las boletas verdes al olvido.

Por todo ello incorporamos la última y la primera a nuestro museo: con el tiempo seguro que todas lo serán legítimamente.

La primer ordenanza sobre el particular es de 1988, pero se tardó más de quince años en implementar un servicio de esta naturaleza.