viernes, 22 de junio de 2012

18. Tierra de Malvinas

En una caja plástica, cerrada por la cinta argentina guardamos esto que adquiere con su presentación una jeraquía superior a la de un souvenir.
Encierra un muestrario de tierra, turba y arena de distintos sitios en los cuales se desarrollaron acciones militares durante la contienda de 1982.
Separamos del conjunto este pequeño fragmento de fuselaje de un helicóptero argentino.

LLegó a nuestras manos por gentileza de Pablo Kommer que participó el pasado 2 de abril de una competencia atlética por la cual viajó a las islas. Pablo se muestra frente a la bahía de la capital isleña, y reflexiona sobre su andar por el mundo. Él tiene perfomances de remo, andinismo y pedestrismo en nuestra provincia y diversos continentes. Y acrecienta su emoción de haber recorrido los escenarios otoñales de una contienda invernal.
A sus espaldas la leve naturaleza alada de las islas del conflicto se manifiesta haciéndonos sentir que esa otra tierra, es también nuestra tierra.

sábado, 19 de mayo de 2012

17. Máquina de escribir (y otras anotaciones)



Esta vieja máquina Remington –circa 1920- que forma parte del museo familiar de Beatriz Rodríguez, y que perteneció a su abuelo Eladio Fernández Pérez, capitán del celebre Amadeo, primer vapor de la flota regional.

“La recuerdo desde siempre en casa, estaba allí en una mesita como si fuera un altar, intocable hasta que llegó la hora del aprendizaje y la de su reemplazo por una Olivetti más moderna y luego por una Olympia. En ella aprendí a escribir a máquina como todos en casa. Me imagino que el abuelo estaría contento si supiera que aún la conservamos y se muestra en este Museo virtual”. Nos ha escrito Beatriz en su envío.

Don Eladio originario de Coruxo –Galicia- adquirió en su tiempo este elemento, que no estaba a la altura de cualquier economía popular, y el recuerdo de Beatriz nos lleva a rememorar que la posesión de una máquina no daba acceso a una forma más rápida de escritura, pero si más prolija, el camino que te llevaba a la mecanografía –eso que se medía luego por escribir sin mirar el teclado, y sumar muchas palabras por minuto- era producto de un método, de mucha paciencia, y de recursos didácticos que no siempre estaban al alcance de la mano.

En lo particular recuerdo al maestro rosarino Horacio Marcucci que me inició en el uso de la fila normal o guía, la dominante, y un poco la inferior, pero que luego al tener que partir apresuradamente de Río Grande me dejó sin aprendizaje sobre la fila numeral.

También el recuerdo a mi primo –Abraham Toty Vázquez- excelente mecanógrafo que se lucía en el mostrador de la Imprenta Don Bosco, haciendo correspondencia para quién se lo requiriera, para agilizar trámites. A él perteneció la Underwood, que conservo como un tesoro, una máquina canadiense en la que hice mi aprendizaje. Mi pare se la compró por 1966 –comenzaba el secundario- al precio de $ 25 mil, un negocio para todos…, el la había ganado en una rifa.

Años después en Río Grande parecieron enseñanzas más sistemáticas de la mecanografía, muchas de la mano de la hermana Berta Weber –en el colegio María Auxiliadora- y también por la Academia de la Señora de Poderoso –en el barrio Mutual YPF- a donde concurrían alumnos del Don Bosco, sección comercial, para aprobar con eficacia los exámenes a los que más tarde los someterían en la institución.

Todos mis hijos han sentido la curiosidad del teclado mecánico, y hasta han insistido en conocer métodos de aprendizajes –hay uno que comenzó a salir en la revista Impactos, y otro que me brindó generosamente Claudia Ibaldi- pero finalmente todos volvieron a la mecánica de este tiempo: el teclado de computadora, sobre el cual parece ser que cada uno instala su propia forma de digitación.

¡Y cuánto nos costó a los mecanógrafos acostumbrarnos al escaso ruido al escribir, y a la menor resistencia al pulsar las teclas!

La máquina de escribir por los días en que la adquirió el Capitán Fernández.

“Hacia 1920, la máquina de escribir «manual» o «mecánica» había alcanzado un diseño más o menos estándar. Había pequeñas variaciones de un fabricante a otro, pero la mayoría de las máquinas seguía el siguiente diseño:

“Cada tecla estaba unida a un tipo que tenía el correspondiente carácter en relieve en su otro extremo. Cuando se presionaba una tecla con la suficiente fuerza y firmeza, el tipo golpeaba una cinta (normalmente de tela entintada) extendida frente a un cilindro que sujetaba el papel y se movía adelante y atrás. El papel se enrollaba en este cilindro, que rotaba al accionar una palanca (la del retorno del carro, una suerte de Enter de hoy en dia, en su extremo izquierdo) cuando se alcanzaba el final de la línea. Algunas cintas estaban divididas en dos mitades, una roja y otra negra, a todo lo largo, contando la mayoría de las máquinas con una palanca que permitía cambiar entre los colores al escribir, lo que estaba especialmente ideado para los libros de contabilidad, donde las cantidades negativas tenían que figurar en rojo”. Con sabiduría wikipedia.

Los últimos mecanógrafos de Rangún.

David Giménez ha publicado en El Mundo de España una nota que habla de una vigencia que no ha perdido espacio en oriente.

Hla Mgo tiene los dedos más rápidos a este lado de Rangún, capaces de teclear sin faltas cartas de amor adolescente, misivas de marineros desarraigados y certificados de defunción de clientes que nunca vuelven a protestar el servicio. Su oficina ocupa un pedazo de acera junto al puerto: una mesa de madera, una silla y una vieja Olympia que vivió tiempos mejores. "Funciona perfectamente y no le falta una tecla", dice el mecanógrafo de 59 años acariciando la máquina con la que se gana la vida desde hace cuatro décadas. "Y eso que tiene más años que yo".
Ni la llegada de los ordenadores ni el lento avance de Internet han logrado acabar con las máquinas de escribir de Birmania. En pueblos y ciudades, a las puertas de juzgados y en las avenidas más concurridas, decenas de puestos callejeros mantienen vivo un oficio que no conoce la crisis. "¿El negocio? Tengo más clientes que hace 20 años", asegura Hal Mgo, que ha empezado a enseñar su técnica a sus dos hijas.
Los mecanógrafos de Rangún se han defendido de la competencia de las nuevas tecnologías ofreciendo mejor precio y la garantía de un servicio sin virus ni apagones en una ciudad que sufre constantes cortes de luz. Una página mecanografiada a una media de 50 palabras el minuto se paga a 300 kyats (25 céntimos de euro), la mitad de lo que piden los recién llegados con sus sofisticadas computadoras.
Monjes enfundados en sus túnicas azafrán, oficinistas camino del registro y amas de casa que no fueron instruidas en la escritura esperan su turno para dictar sus cartas en los puestos de la avenida del Banco, en la parte vieja de la capital. Nayla dice que su especialidad son las cartas de amor y los certificados de matrimonio, que ofrece en sobres de falso terciopelo azul tocados por lazos rosas o flores blancas. "Hacemos todo tipo de servicios. Rápido. Muy rápido", asegura repitiendo el mensaje del letrero que cuelga de su puesto.
Más de cinco décadas de dictadura militar hundieron el que fuera el país más educado del sureste asiático, también conocido como Myanmar. El hermetismo del régimen tuvo el efecto secundario de preservar la atmósfera de colonia descrita por George Orwell en sus 'Días de Birmania' (1934). La antigua capital es un conjunto de edificios desconchados y decadentes, lugares remotos siguen estando comunicados por barcos a vapor y las máquinas de escribir son utilizadas para completar el papeleo en oficinas, hospitales o colegios.
Los generales, que hace dos años iniciaron la mayor apertura desde que tomaron el poder en 1962, contribuyeron a alargar la vida de la máquina de escribir con su control orwelliano de la sociedad. Temerosos de la influencia exterior, hasta hace poco castigaban con la cárcel la posesión de máquinas de fax o el uso de Internet, todavía al alcance de menos del 1% de la población.
La popularidad de la mecanografía ha permitido a Kyaw Shin completar su pensión como ex funcionario gracias al dinero extra que gana en Mundo Lunar, un comercio de la avenida del Jardín de Maha Bandola. El dueño decidió modernizarse meses atrás adquiriendo cuatro ordenadores, sólo para comprobar que los clientes seguían reclamando los servicios de Kyaw Shin. "¿Morir?", dice sorprendido el mecanógrafo de 70 años cuando se le pregunta por la posible desaparición de su profesión, mientras sus dedos se mueven a toda velocidad y de fondo suena el tac-tac de las teclas. "La máquina de escribir es el mejor invento del mundo".

Los escritores que lloran el fin de las máquinas de escribir

En tanto que Javier Rojahelis, apuntó otras reflexiones interesantes que nos precipitan en las reflexiones de las innovaciones y las tradiciones, encrucijadas tecnológicas mediante.

El cierre de la última fábrica de máquinas de escribir -fue en abril de 2011- le ha puesto la lápida definitiva a uno de los elementos técnicos más emblemáticos del siglo XX. Un artefacto que no sólo pobló las oficinas, sino que también se convirtió en el compañero inseparable de los escritores.

Se veía venir su muerte definitiva, pero la verdad es que la gran mayoría ya la daba por muerta hacía mucho tiempo. Por esto mismo, no fueron pocos los que se sorprendieron al escuchar la noticia de que finalmente había cerrado la última de las compañías dedicadas a la fabricación de máquinas de escribir (con sede en la India). "¿Cómo? ¿Todavía se fabricaban?" fue la pregunta que se repitió en varios lugares. Claro, era raro recordar cuándo había sido la última vez en la que cada uno de nosotros había tecleado en una máquina de escribir o había tenido que elaborar un informe en ella o había dejado volar la imaginación literaria sobre ese sonoro teclado Qwerty. ¿15 años? ¿20 años?

El autor de la nota destaca que si bien hay países en los cuales ya no se usa, en otros, muy cercanos al primer mundo “hay gente que incluso se gana la vida tipeando en las viejas máquinas de escribir, como ocurre en México, donde en la Plaza Santo Domingo todavía se encuentran escribanos que a cambio de una cierta cantidad de dinero escriben cartas y mensajes por encargo”.

Los escritores y sus máquinas

Sin embargo, la postal que ahora desaparecerá definitivamente es la que muestra aquella imagen romántica del escritor frente a la máquina de escribir. Una imagen que estuvo presente durante gran parte del siglo XX y que tuvo que ver con la creación de una buena porción de toda la literatura que marcó la centuria pasada. Ahí están las instantáneas o los testimonios que retratan a Hemingway con su Underwood portátil, a Agatha Christie tecleando su Remington, a Bukowski machacando su Olympia SG, a Herman Hesse sacándole tinta a su Smith Premier, a Tennessee Williams con alguna de sus Olivetti, a Simenon dándole vida a Maigret con su Royal 10, a Tolkien creando con su Hammond o a Pablo Neruda poetizando con las teclas de una Hermes suiza. Postales a las que se suman las de otros grandes hasta llegar a Mark Twain, quien es sindicado como el primer escritor que comenzó a escribir sus obras literarias con el artefacto mecánico.

El caso de Paul Auster

Pero no sólo las máquinas de escribir de los autores ya muertos han llegado a las subastas, también las de aquellos que aún están vivos y productivos. Este es el caso de Cormac McCarthy, quien subastó su Olivetti Lettera 32 en 250 mil dólares, un precio más que justo si se toma en cuenta que en dicha máquina McCarthy escribió toda su obra, desde el "Guardián del vergel" hasta "La carretera". Lo que sí hay que consignar es que McCarthy es uno de los pocos autores que no se han dejado seducir por las nuevas tecnologías, y que si bien remató su Olivetti, la verdad es que la subasta fue con el fin de realizar un donativo, después de lo cual no dudó en volver a comprar otra máquina del mismo modelo para seguir escribiendo tal como la he hecho durante todas estas décadas. Algo muy distinto a otros veteranos escritores, como Philip Roth, quien ya desde los años 90 que abandonó la máquina de escribir para entregarse a la pantalla del computador.

Otro ejemplo destacable, de autores que se mantuvieron fieles a las máquinas mecánicas, es el del escritor Paul Auster ("Trilogía de Nueva York"). El caso es emblemático en el sentido de que Auster es un autor que en la mitad de su actividad creadora se vio rodeado por las nuevas tecnologías y por la llegada de los computadores y los procesadores de textos. A pesar de ello, Auster continuó hasta la llegada del siglo XXI fiel al tecleo de su Olympia e, incluso, hizo un libro destinado exclusivamente a ella que se tituló "La historia de mi máquina de escribir". En él se puede leer cómo Auster se mantuvo con el artefacto desde 1974 sin ni siquiera sentirse tentado por las versiones eléctricas del mismo: "La otra posibilidad era utilizar una (máquina) eléctrica, pero no me gustaba el ruido que hacían aquellos artilugios: el continuo zumbido del motor, el discordante soniquete de las piezas, la cambiante frecuencia de la corriente alterna vibrando en los dedos".

Después, en la década de los 80 y sobre todo a principios de los 90, Auster fue viendo cómo sus amigos adquirían computadores Mac e IBM para trabajar con ellos, pero él no cedía. Además, él mismo cuenta que cuando se vio tentado por la nueva tecnología, muchos de esos amigos le comenzaron a contar historias terroríficas acerca de pérdidas de trabajos completos por culpa de la pulsación de una tecla equivocada. Poco antes de finalizar el siglo XX, Auster presintió el final definitivo de la época de las máquinas de escribir y comenzó a asegurarse adquiriendo una gran cantidad de cintas de tipeo. Con mucho esfuerzo logró reunir 50 cintas, las que fue utilizando con sumo cuidado, aprovechando su rendimiento hasta el máximo. El libro, escrito en el año 2000, termina con la confesión: "Incluso en este preciso momento, cuando rememoro los nueve mil cuatrocientos días que hemos pasado juntos, la tengo justo delante de mí, desgranando con aire entrecortado su música antigua y familiar." En todo caso, el romanticismo tiene límites y, en la actualidad, si bien Auster sigue escribiendo en su Olympia, su editor le obligó en los últimos años a usar el computador para poder utilizar el formato de disco en las entregas.

Jorge Luís Borges y la Remington.

Aquel destacado e irónico narrador reflexionaba sobre las bondades del progreso y el desarrollo industrial.

Decía que si bien su abuelo fue muerto -en guerras interiores del país-, por un disparo de un Remington, él cotidianamente escribía en una Remington sus ficciones memorables.

En el mercado de Internet.

Una máquina como la que atesora Beatriz se ofrece, en perfecto estado de funcionamiento, y con delicado estuche a $250, o doce cuotas de $31.

¿Me la vende?


Actualización:


Mis queridas Underwood. La perdida...


El 18 de julio, en horas de la mañana visité en sus oficinas de Canal 13 a Juan Cuesta. En un momento de la conversación, en que hablamos del avance tecnológico, sacó de una repisa una máquina de escribir que hace diez años llevó a su empleo, donde no tenía mayores recursos para realizar su tarea. La máquina portátil había pertenecido a don Alberto Urrutia, segundo esposo de su madre, y era idéntica a la segunda máquina de escribir que tuve en mi vida, la que me acompañó en todos los años de mi formación universitaria.

Eso lo pude comprobar cuando abrimos el estuche y la encontramos encerrada en ese lugar, la máquina de fabricación italiana que comprara mi padre a un viajante que se alojaba en el Hotel Atlántida, por 1967.

Ya teníamos otra, de fabricación canadiense, semi portátil, en la aprendí a medias con el maestro Horacio Marcuci la gran técnica que me daría ánimo en la vida: la dactilografía.

Pero esta máquina, ahora en manos del amigo, era idéntica a aquella que perdí.

¿Cómo la perdí?

Era el año 1982 y Daniel Augusto Balanche Rondeau (h) daba vida a su diario: Noticias. Los recursos eran tan escasos que los periodistas y colaboradores debían hacer cola para escribir en una de las dos máquinas que disponía el medio. Daniel me preguntó si podía conseguirle alguna más, y yo fui generoso con la que estamos recordando.

La máquina en cuestión estaba en mejor estado que las de él, y él se apropio inmediatamente de este artefacto con el siguiente argumento: -Con esta entrega que me hacés pasas a ser accionistas de Noticias, y creo que por lo que vale te corresponde el 35% de la empresa.

Yo no dije ni si, ni no. Pensé que corría el riesgo de adueñarle del 35% de las deudas. Un día, no se por que causa la máquina no estaba más en la redacción, lo busqué al Director y me costó encontrarlo. Me dijo que al parecer la habían robado, me dio el nombre del sospechoso, un escriba que había partido del territorio. Quise creerle y le pregunté si no perdía con ello mi participación en el paquete accionario. Me dijo que ¡faltaba más!. Y –por supuesto- faltaba más...


Y lo que es por ahora, un final humorístico

lunes, 2 de abril de 2012

16. Maquetas y maquetistas.

La exposición realizada en homenaje al 2 de abril reunió a maquetistas de Río Grande, gente que buscan encontrarse para estimularse en su trabajo de artesanos y coleccionistas a la vez, que hombres mayores que adoptan pasiones que parecen de niños.
Y entre estos "juguetes" aparecen dos imagenes de los anfibios que participaron en la Operación Rosario, a los que identificamos en nuestros recuerdos por ser aquellas grandes unidades, alojadas en la margen sur, que solían patrullar nuestras calles en las noches de oscurecimientos.
Gustavo Santamaría es uno de estos artífices, en sus manos porta una de sus obras. Trabajan en muchos casos con modelos comprados de unidades militares en miniaturas, en su gran mayoría importadas, a las cuales después incorporan variaciones que demuestran su capacidad plástica y creativa.
Para el caso este nido de ametralladoras, situado en la mesa dedicada específicamente a Malvinas en la guerra de 1982.
Por esta creación ganó un premio internacional en Italia, lo valioso es la incorporación de este soldado -muy argentino- al que podemos ver desde este otro ángulo: ¡está tomando mate!
En otros casos..¿ quien pude pensar que este cañoncito esta hecho simplemente de papeles pegados y pintados?

Los maquetistas no colocan títulos identificatorios en sus pequeñas creaciones, dejan todo librado a las preguntas que surgen entre los concurrentes a sus exposiciones, y entonces demuestran una sapiencia sobre los objetos representados, en los que se entremezcla historia, física, estrategia, ¡todo lo humano!
Las piezas aéreas son muchas en la exposición que nos abrió sus puertas. Pero elegimos estas dos de unidades de transporte y apoyo: el avión Hércules -arriba-, el Neptune -abajo- aunque no encontramos en él las casetas de ametralaldorista que tenía la unidad del mismo nombre que calló en la Antartida -isla Levingstone- en 1976... llevando al director camarógrafo de canal 13 de Río Grande, Rodolfo Rivarola.

Carlos Menon (67) posó junto a su Harlley Davison a medio terminar, tiene problemas con la proveedora de fascículos, que es española. Todo trata de resolverlo vía correspondencia, aunque en unos casos un aviaje a Chile le resolvió la aquisición de muchos componentes. Otros.. los adaptó.
Con esta moto en miniatura vive la alegría del que tiene una moto en tamaño y uso real.

Menon, que remonta sus orígenes familiares a la lejana India, esta trabajando también con la maqueta de un barco alemán, el Bismark: al llevarlo a medio armar nos da cierta idea de las complejidades de la tarea.

Y aquí encontramos a un grupo de maquetistas, afanosos en lo suyo mientras esperan consultas de la concurrencia: Emanuel Maza, Mariano Buet, Raúl Sanz, Matías García y Natalio Soto.

Como9 una curiosidad registramos imágenes de esta pareja de Snowcat, si nos son rusos es porque eran soviéticos, donde vemos como un creador de maquetas se alimenta del mundo del cine.

En tanto que en otros casos, la obtención de un modelo de avión de uso internacional, adquiere un toque regional colocando el emblema de la compañía que lo hizo llegar a nuestra Tierra del Fuego.

Mientras que, alguién que estaba ausente en el momento de nuestro paseo, el joven Otaequi, tiene su rincón con estas unidades del transporte automotor local.
Alex trabaja en cartón, y sin tomar medida de los objetos a reproducir, como en este caso: el trailer de Bromatología. Otaegui pide ver un motor, y después lo reproduce en escala con una perfección increible.
Nos despedimos con esta figura voluptoasa, de las cuales hay varias, forman parte de un mundo fantástico que vive en Gustavo Santa Cruz, figuras que en sus modelos femeninos nos puso en aprietos para ver cual sería el ángulo menos comprometedor para registrar una foto...¡y lo conseguimos desde arriba!

Los maquetistas puden volver en cualquier momento, lo hacen, muy pocas veces al año, y tratan de que sus contactos no sean masivos. Saben que las piezas de este museo efímero que construyen para nosotros es frágil y las manos de los curiosos pueden ser dañinas para sus desvelos.
Si uno le pregunta cuando cuesta dada pieza, o si las tienen en venta, sonrien...

lunes, 19 de marzo de 2012

015. Cardadora de lana.

Máquina colchonera, de hierro y madera, destinada a cardar o escarmenar: es decir desapelotonar la lana de los colchones que después de cierto uso pierden volumen, y forma. . El modelo fotografiado es el que se exhibe en Río Grande en la esquina de Rosales y Fagnano tienda Cardón, prolijamente pintada y aceitada en medio de indumentaria de corte criollo no tradicional. El artefacto nos remonta a los tiempos en que los denominados colchoneros desarrollaban la actividad, tiempo presedente al de los colchones de material sintético, y donde cada cierto tiempo –aquí mediaban las condicones ambientales y la calidad del producto- el relleno interior de cada cama debía ser remozado. Las colchones de lana fueron pediendo espacios a partir de los años 60, por la sustitución por el nuevo producto, aunque en un ámbito lanero, como era el de la Tierra del Fuego coexistieron un buen tiempo. Aquel colchón antiguo, mucho más pesado, estaba confeccionado con un grueso cotí, tela rallada, cosida con recios hilos manejados con el artesano en la materia, con una aguja curva a la que se llamaba: colchonera. En la tarea de mejorar el contenido lanar, apelmazado por el uso, había que coser y descoser, y tomar el contenido de lana y pasarlo por la trama de clavos del la máquina colchonera para peinar la lana que adquiría un tamaño mayor. El muchas circunstancias, y sobre todo en otros ámbitos del país, el trabajo del colchonero se hacía a domicilio, lo que requería habilitarle un espacio puesto que la tarea al momento intermedio de la misma –cuando la lana había sido escarmenada- ocupaba un gran volumen. La precariedad de espacios de la población local hacía en el caso de su artesano postrero –para el caso Don Juan Romano- este recibiera en su domicilio/taller los colchones que debía mejorar. Don Juan era exigente en el cumplimiento de los plazos, cuando se los llevaban, cuando los retiraban, puesto que el desarrollo voluminoso de la tarea le llevaba a ocupar mucho espacio del recinto que levantó a tal fin sobre el número 900 de la calle Fagnano. “El colchonero empezaba desarmando un extremo del colchón, sacaba los bordes y luego los "botones". El paso siguiente consistía en sacar toda la lana de su interior, con la que hacía una especie de montaña al lado de la máquina cardadora. Manualmente la estiraba y la iba desmenuzando, operación que se caracterizaba por el desprendimiento de polvo y suciedad”. Esa era la tarea universal del colchonero quien luego, sentado frente a esta máquina, utilizaba el sube y baja en balancín, con clavos en dirección contraria, para que –moviéndola de atrás para adelante, hacía salir la lana en uno solo de los sentidos, el opuesto al operador mecánico. El trabajo de componer el colchón se acompañaba del lavado del cotí, que tenía las marcas, los accidentes de la noche familiar; antes de proceder a su relleno. Un colchón merecía algún tipo de mejora en plazos superiores a los dos años. Es de hacer notar lo efímeras que se han vuelto las almohadas construidas con material artificial, para estimar la consistencia que adquirían los colchones laneros con el uso, aunque las almohadas tenían mayor durabilidad que las actuales. Las quejas comenzaban cuando –abajo del relleno- comenzaban a percibirse en el cuerpo del durmiente los elásticos de la cama. Hoy por hoy las viejas máquinas de cardar, alejadas de su función para tener roles ornamentales, se ofrecen en el mercado de Internet en precios que varían entre los $500 y $ 600. Algo más para decir Elvecia Dalesandro ha recordado que su madre todavía hace cardar el colchón, que tiene 30 kilos de lana, y que en La Plata todavía hay un señor que realiza estos trabajos. También me han dicho que en la confección de un colchón de dos plazas se utilizaban seis vellones de lana. Y observado que la Cardadora aquí expuesta no tiene asiento para el cardador, como tienen otros modelos. A la postre el que presentamos aquí:



Nuestro amigo Hernán Genovese, el porteño que más sabe sobre Tierra del Fuego ha visitado recientemente el Museo Pampeano de Chascomús, y allí encontró una máquina similar esta que mostraba Cardón.






martes, 7 de febrero de 2012

014. Salsera de alpaca.


Este objeto, salvado de un naufragio, hoy pertenece a María Ester Subiabre quien la conserva en herencia de su madre -María Aguilar- la que lo recibiera, trabajando en Ushuaia, para la familia Simoncini.

En este caso nuestro Simoncini no es otro que el titular de la firma Salvamar -Leopoldo- que por los años 50 intentó rescatar al crucero Monte Cervantes siniestrado el 22 de enero de 1930 en el faro Les Enclereus.

La pieza en cuestión lleva en las iniciales la identidad de la nave que perteneciera a la Hamburgo Sudamericana, crucero alemán que eran atendido en Argneinta por la naviera Delfino. En lengua germánica Hamburg Sudamerikanishe Dampfschiffahrt Gessellshaft.
La salsera por abajo, la salsera por arriba.

Otras piezas que adornar las repisas de nuestra amiga mantienen la identidad del menaje de aquellos elegantes navíos.

Una azucarera, fácil de identificar en su función, otro artefacto del cual habría que averiguar su uso y destino. (Yo creo que es un elemento de coctelería)
María Aguilar conocería en Ushuaia a quien sería su esposo -Eduardo Subiabre- y con ello al tiempo se mudaría a Río Grande, con estos recuerdos.
María en la foto aparece con su hijo José:

El reciente libro de Adrián Gustavo de Antueno Berisso, tan documentado en imágenes, tiene una capítulo destinado a Los objetos del Monte Cervantes; pero no hay en ella elementos como los que alberga en la calle Perito Moreno la casa de María Ester.

Los objetos presentados por de Antueno son de reciente rescate del fondo del mar, aquellos otros fueron objetinos del trabajo sobre la nave cuando no se había sumergido. Son muchos los hogares de entonces que atesoran algo del Monte Cervantes, y deben haber salido de la misma manera muchos objetos fuera de la isla.

viernes, 27 de enero de 2012

013. Costurero


Propietaria inicial Alejandra Luna, del Barrio de Palermo en la Capital Federal. A su muerte en 1980, as la edad de 70 años su hija se lo regala a Balbina Juárez, la prima de la difunta

Es un costurero de pie estilo provenzal que mide 78 cm de alto y 37 de diámetro.
Le falta una bolsa que iba en el interior a manera de forro, el mismo tenía pequeños bolsillos donde se guardaban los carreteles de hilo, todos en forma individual.

Un costurero es una caja que contiene los materiales de costura.

Dice Wikipedia: "Los costureros tradicionales son cestas o cajas en los que se guardan agujas, hilos y otros utensilios necesarios para realizar labores de costura. La mayoría son ligeros y móviles pero históricamente han existido costureros fijos que constituían auténticos muebles compuestos de un recipiente que se asentaba sobre unas patas rígidas".

Parecido a este, o diferente, un costurero debe contener los siguientes elementos:
Botones.
Metro de hule, u otros elementos más modernos.
Carreteles o canutos de hilo.
Tijeras.
Dedal.
Aguas y alfileres.

Una conexión poética:

Es la que nos conduce a Evaristo Carriego, poeta de Buenos Aires que en su momento -1926- escribió este poema:

La costurerita que me dio aquel mal paso.


La costurerita que dio aquel mal paso...
-y lo peor de todo , sin necesidad-
con el sinvergüenza que no le hizo caso
después...-según dicen en la vecindad-

se fue hace dos días.Ya no era posible
fingir por más tiempo.Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras¡tan sin corazón!

Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer.

¡Qué cara tenía la costurerita
qué ojos más extraños , esa tardecita
que dejó la casa para no volver!...
[


LA TENTACIÓN.
De Juana de Ibarbourú, en su libro El cántaro fresco.

Cualquier color que busquéis en mi cesto e costrura, habréis de hallarlo. Tengo en él ovillos de lana de todos los colores. Y mientras mi hijo, convaleciente, duerme, me pongo a tejer junto a la ventana, vigilando su sueño. Tienen una dulzura infinita estas tardecitas del mes de noviembre. Hay algunas un poco frescas aun este año, pero la mayor parte de ellas son tibias, de una maavillosa claridad. ¡Ha, cómo, con mirarlas firtivas, me dejo ganar por la tentación del camino! Las acacias están llenas de racimos blancos sobre sus espinas pardas; en las retamas parece que se hubiera desgranado todo el oro del mundo. Se diría que los álamos, al ser movidos por el viento cantan. ¡Qué hermoso debe estar el bosque! ¡Qué bonitos los trigales ondulantes y verdes! Esta noche, la luna ha de ser redonda, redonda como una gran medalla dorada. ¡Y en todo el campo debe de haber un olor tn bueno a gramilla, a rocío, a luna, a sauces!... ¡Juraría que una voz (quizás fue sólo el canto fugaz de un pájaro), desde la alta copa rumorosa del bambú, me ha dicho:
-¿Vamos?
Pero yo ya no puedo escaparme a corretear como antes por los caminos. Ahora tengo que ser seria y olvidar esas cosas. Ahora tengo que estar quieta junto a la ventana tejiendo ropita para mi niño. Ahoram en vez de interesarme por descifrar lo que dicen el viento, el río, los árboles, tengo que aprender los cuentos de Perrault y Scherezada para entrener a mi hijo.
.........
-¡Qué grande empieza a aparecer la luna tras los plátanos de la carretera!

jueves, 15 de diciembre de 2011

012. Tocadiscos Wincofon estereofónico.

Sergio Salvador va acumulando objetos a modo de plantearse una suerte de Museo Personal, cuando inaugure su quincho. En el estarán cosas que ha ido conservando en el camino de su vida, un andar que recorre el espacio que media entre Córdoba y Tierra del Fuego, entre su infancia y su madurez.
Su condición de operador de radio lo sitúa con amplia curiosidad sobre este objeto que por los años 60 representaba para los argentinos el sumun tecnológico en materia de escuchar música.
No era el Winco tradicional, era un producto más elaborado, con emisión estereofónica, adaptada a los discos con ese recurso que inicialmente fueron importados, pero que poco a poco se produjeron en el país.
El Wincofon que ahora espera su lugar en el "Museo Salvador" se salvó de ir a parar a la basura, un día en que su dueño, Beto Silva -cabañista de Estancia María Behety-, se preguntó para que le servía si el aparato se había quedado sin púa. Entonces el tocadisco, y todos sus discos cambiaron de domicilio, del campo a la ciudad.
La particularidad del sistema winco estaba dada por el brazo automático que se desplazaba cuando caía un disco de una serie de varios de ellos que eran ensartados, en el orden en que se los quería escuchar. El brazo acústico -pick-up- acompañaba la música surco a surco, y al llegar al final se retiraba y esperaba la llegada del siguiente. Era una suerte de continuado musical que entretenía por horas a sus usuarios, sin tener que hechar mano al equipo.
Los parlantes al tono tenían un cable no tan largo, con lo que se los podía colocar a izquierda o derecha favoreciendo entonces la llamada Alta Fidelidad, que en algunos discos venía representada por una jeringa.

También se podía adaptar una ubicación vertical, que se impuso cuando apareció la idea de la "columna sonora!.
Las marcas aparecen impecables aunque el aparato ya supera el medio siglo.

El selector de velocidades permitía escuchar discos de pasta muy antiguos, que giraban a escasa velocidad, y con limitada calidad de registro.

Por detrás del aparato aparecen "los periféricos".
En tanto que un número de matrícula permite saber lo que eran la producción masiva es estos tocadiscos.

Chiqui D, ha dicho: "Tecnicamente hablando el "Wincofon" era un artefacto que permitia hacer sonar discos de vinilo (45, 33 y 78 rpm), era una marca registrada de Winco".
"Pero historicamente, el "Wincofon" es parte de la vida misma de la generacion de los `60 para los porteños argentinos (ignoro como seria en el interior)
Wincofon, Ranser y Geloso son marcas registradas pero intimamente ligadas a esa generacion".
"El "Wincofon" presidia todos los "asaltos", donde se escuchaba el 33rpm "Refrescos Musicales" auspiciado por Coca-Cola, era un invitado de lujo en los cumpleaños de 15 y en las reuniones familiares".
"Y me permito discentir, no creo que todos sepan en la Argentina que es un Wincofon pues es un simbolo de una franja generacional".
"Hoy Wincofon, Ranser y Geloso son piezas para el museo de los recuerdos y suelen verse en las casas de antiguedades pero nadie los compraria.Creo que ni siquiera son esteticos como adornos pero son iconos de una etapa generacional y eso nadie podra negarlo".

En Mercado Libre se ofrece un wincofón en buen estado a $ 14500 o 6 cuotas de $ 2972; pero a Silva cuando lo compró una vez que salió de su servicio militar le representó un mes de sueldo. Y Segio no lo vendería por poca plata.


Plagada de basura se encuentra la emisora
y un tocadiscos que me abandonó,
Pinté a la compra y venta y el viejo que vendía
me dijo: "el ritmo y blues se escucha en Wincofón.
Tambien tengo vinilos entre Pinaps en el aparador"

El quía camino hacia la vitrina,
huy, cuando enchufó ese Wincofón.
Entraron a sonar viejas pastas del '50
de Muddy Waters y Willie Dixon.
El Winco no sonaba desde el año '70
y despidió frituras de un viejo rock and roll.


Letra de Blues Del Wincofón - Vudú - Sitio de letras.com
Coro:
Hey nena, cómo vas a bailar
cuando escuchés mi viejo Wincofón.
Hey nena, cómo vas a vibrar
cuando el viejo aparato entre en acción.

Si no tenés más pilas, si tu compact no camina,
si el lente de tu equipo se rayó,
no seas tan testaruda y no te hagás la dura,
cuando escuchés mi Winco se te ablanda el corazón.
Ya no pierdas más tiempo con la tecnología,
vení probá mi viejo Wincofón.

Coro

Plagada de basura...

Coro


Quien quera profundizar conocimientos sobre este juguetito de años idos puede darse una vuelta por http://blogdelwinco.blogspot.com