domingo, 4 de agosto de 2024
INVENTARIO NOSTALGICO DE RIO GRANDE. 88. CHANCHO MECANICO
jueves, 1 de agosto de 2024
PAPELES REENCONTRADOS. Formulario de telegrama.
¿Vamos a llenar el formulario?
La noticia llegará pronto. Tal vez estemos comunicando que estamos bien después de un largo viaje. Tal vez puede contener la triste noticia del deceso de un ser querido.
Los telegramas se guardaban como parte relevante de una historia personal, en medio de la modernidad.
Había que ser escueto en el informe porque se cobraba por palabra.
Y una cadena de personas se ponía en marcha para que todo funcione eficazmente.
Figura central, el telegrafista, y su manipulador del sistema morse.
martes, 30 de julio de 2024
INVENTARIO NOSTÁLGICO DE RÍO GRANDE.87. Fiambera.
Cuando la heladera era solo una illusión existían ellas. Construidas en madera, con una fina malla de alambre -hoy sustituible con eleméntos plásticos, ayudaban a conservar los alimentos siguiendo determinadas premisas: debía estar fuera de la casa en un lugar sombreado, mediando que pueda estar concurrido de ocasionales vientos. Allí se colocaba la carne, que se compraba para varios días, tiempos de ovino, y también agunos preparados derivados de ellas, como podían ser prietas, vitel toné, y otros entremses. Pero también podía conservar sobras de un almuerzo esperando la cena, o viceversa.
A simple vista se aprecia que en su interior
La fotografía corresponde a las que existía ya hace algunos años en el puesto 19 de Estancia Sara, y que me fuera remitida por Elda Inés Sarabia. Habitante de ese lugar y oyente de LRA 24 donde escuchó un día que hablamos sobre este elemento que no saltaba en nuestros patios riograndenses. Entonces ella nos dió las indicaciones del caso para ver con que poco se puede hacer mucho.
Ya en otro enfoque la vemos a Elda, de cuclillas y con la fiambrera abierta mostrando parte de un carneo que servirá para varias comidas. Lejos también de depredadores alados o cuadrúpedos.
lunes, 22 de julio de 2024
MUSEO VIRTUAL FUEGUINO.86. Espuelines. (Inventrario nostálgico de Río Grande)
Con la llegada del invierno y las calles heladas aparecían ellos, aunque a veces se tardaba en encontrarlos, tan bien se los había guardados.
Ahora es más fácil, se puede comprar otro, antes había que encargar su construcción. A veces el artesano tenía un stock previendo la llegada de los clientes, en otros casos recibía los encargos y podía demorarse como cualquier zapatero.
Los míos son importados, hay componentes plásticos, este que pertenecía a mi madre fue encargado a Don Cheuquel, el de la hojalatería de Rosales y Belgrano. Ella los usó al principio pero luego le resultaba un engorroso atárse a su calzado, que por otra parte no eran los zapatos de taco que acostumbraba usar. Además confesaba que nunca se había caido. Pero un 12 de junio de 1974, estando sin ellos, tuvo una caida fatal por la que comenzamos a hablar del cuello del fémur. Entonces Margarita tenía 67 años.
Los espuelines eran recomendados a personas mayores, igual que ahora, pero gente de menor edad puede experimentar los estragos de una caida, más cuando el esqueleto ya no queda tan adentro, ni es tan flexible.
Se lo viene conociendo con otros nombres Grampones, Crampones, Taquines...
domingo, 14 de julio de 2024
LOS PUENTES DE LA MEMORIA.32. Ojos de niño. “Y en la larga estación de los silencios, el frío nos invitaba a salir y apreciar como los grandes andaban más lentos, y los pequeños más veloces”.
Las calles y los techos, las veredas y los patios se han vestido de un ropaje blanco. Son después de la lluvia, después de la nieve, después de la lluvia..., coraza que protege al invierno de las cotidianas incursiones del hombre, del hombre que usa y abusa de los espacios, del hombre que a veces hace que el espacio no contenga recuerdos.
Más temprano que el sol del último sábado –que
es el primero de Junio- los hombres de la limpieza urbana salieron de en
parejas con sus carretillas naranjas a cumplir con lo de todos los días. Pero
esta vez no están ante el barro y el basura diseminada, no están ante los
estragos y caprichos del viento, que esta tan escobero como ellos. Con
mansedumbre en el paso se han detenido en la esquina de mi casa, cada uno
seguirá por su lado para hacer lo que sabe... como pueda. Juan Domingo Torres
levanta su saludo en la respuesta a mi man, mi mano que hoy más que saludar a
un tocayo clama por el equilibrio. Y al fin le grito mientras un taxi
dificultosamente se interpone entre nosotros:-“Chapa, hoy hay que salir en
trineo, no con la carretilla”.
Hubo así sonrisas despiertas, alegres de verse
cada día con los perros y con los viejos, con los noctámbulos que descubrieron
en el barrio chicas nuevas, y acudieron a él con la fortuna del recién cobrado.
Y Chapa que se aleja como jugando con su carretilla, con sus herramientas de
trabajo, me dejó en el alma la pregunta sobre ¿qué se han hecho de nuestros
trineos?
El mío,
que construido por mi padre resultaba pesado para mis siete años, se fue
empequeñeciendo cuando a los nueve me subí por primera vez a los patines número
37 que fueron de mi madre. Ya a los once no me decía nada y se lo regalé a Pepe
Pastic, el se lo transfirió con el tiempo a uno de sus sobrinos, el hijo de
Presaco. Así volví a encontrarme con su presencia gris un día en que comenzaba
a hacerme hombre, a luchar con las nostalgias, y después... ¡nunca más!
Que mi padre haya tenido virtudes de
carpintero, que fuera casi un regalo secreto en un invierno del ’60, no me
permiten hoy dar detalles de cómo fue construido, eso sí, puedo dar detalles
del diseño final; largo: unos ochenta centímetros, ancho; cincuenta, alto...
muy alto para mi gusto por culpa de los fierros que tenía; parte de la
estructura de aquel avión de Aerolíneas que se accidentara en un marzo mucho
más lejano. ¿Qué cómo obtuve tales materiales? Herencia de mi primo Piluco, que
antes de partir al norte desarmó su trineo, que por otra parte casi siempre
tenía roto, para dejarme los dos rieles de “aliación”, El asiento tenía en
forma de T, yo me arrodilla sobre la planchada del trineo que protegida por
mandril amortiguaba mis rodillas, y mientras unía mis talones a la popa del
navío, me sentaba sobre el palito transversal de la letra/asiento. Así se podía remar enérgicamente con los
palillos: regularmente palos de escobas que en aquellos momentos eran más
sólidos que los actuales y que adquirían propiedades propulsoras con un clavo
en una de sus puntas al que había que cortar la cabeza y afilarlo. Si mi padre
encaró la construcción del trineo, mía fue la responsabilidad de los palillos:
se estaba arreglando la casa para hacerla más habitable, y allí con algunas
herramientas de Uribe inicié la tarea de
colocación del clavo y llegué luego hasta la herrería de Verategua para
completar el trabajo de cortado y afilado. El hombre de la fragua retorció alambre
dulce en el extremo en que coloqué el clavo, para prevenir rajaduras en la
madera, y luego del trámite los probé allí mismo, en la laguna de
El trineo del amigo tenía hierros en T, otros,
los muchos, los había en L, quien tuviera un padre en
En mi infancia pasábamos las horas en las lagunas de patinaje. Y aún
cuando se iba el sol, temprano como todos los inviernos, se seguía con el
ejercicio alumbrándonos con un artefacto que colocábamos en cada vehículo que
no era otra cosa que una lata de duraznos con un cabo de vela en su interior.
Ya para entonces comenzaba una merienda que nos ayudaba a reponer fuerza entre
los habituales concurrentes del lugar, el menú consistía casi exclusivamente en
caramelos y chocolates, galletas de esas que habían sueltas en cada casa, y de
tanto en tanto algo que remedaba al sándwich: dos toscos trozos de pan casero,
encerrando el queso Chubut o los restos de un asado. Si aparecía algo para
beber era el atrevimiento de los mayores, entonces la petaca circulaba de boca
en boca, sin preguntarte que edad tienes en cada beso.
Yo concurría a patinar a la laguna de los
curas, todo ese espacio cercado que ha quedado entre Espora y Alberdi y a la
cual se podía ingresar por múltiples roturas que habíamos realizado en el cerco
de piquetes. Años hubo en que se construyó una segunda pista de patinaje –donde
hoy está la nueva iglesia- para entonces los Bomberos de Río Grande acudían con
su motobomba y emparejaban el sitio de diversiones, anticipando la temporada.
Pero este no era el único lugar disponible:
todo el pueblo quedaba a merced de los niños y sus trineos en los días de
invierno. Y -¡guay!- que alguien se les
hubiera ocurrido sacarlos de la calle. Desde el busto de San Martín hasta
Andar en trineo era algo más que una gimnasia
primordial para brazos y piernas en un pueblo sin gimnasio, era coexistir con
la naturaleza en su tiempo más iracundo, era dramatizar la película recién
vista: entonces los trineos pasaban a
ser buques o tanques, y los abordajes producían destrozos que amargaban a unos
y enceguecían a otros; choques frontales o laterales nos dejaban a veces con
tres palos sueltos, con los que debíamos volver a nuestra casa para hacernos al
día siguiente otro trineo. ¡Vamos a enzuncharlo m’hijo! ¡No! Mejor con el
fierro de la falleba. Y así volvíamos con más furia a la pelea; el palillo se
clavaba en carne humana o se partía en el espinazo ajeno si la cosa se ponía
muy pesada, si la petaca venía demasiado insistente, o se no había quedado
ningún mayor cerca que pusiera un poco de orden.
Pero también existían juegos perfectamente
reglamentados:”la latita”, remedo del hockey, en el que los palillos eran
propulsores y bastones a la vez, y el balón –una machucada lata de conserva- se
podía enganchar en la carrocería del vehículo durante el desplazamiento. El
juego de “la latita” era también desarrollado por los patinadores, los más
grandes que exponían su estatura y su autoridad para desalojar espacios, donde
no dejaban entrar a los chicos de trineo, y así podían jugar más libremente.
Otro juego en que podía participar todo el
mundo era “El pirata”.
El hielo no es igual en todas partes, cuando
se forma a partir de la nieve no siempre sirve para patinar cómodamente; un
trineo es mucho menos riesgoso. El que se formaba a partir de la lluvia, el
hielo de las lagunas era el de las mejores perfomances. Cada tanto un deshielo
–y el casi inmediato congelamiento- alisaban la superficie que los palillos
destruían para rezongo de los patinadores. Por las calles barriales, siempre
invadidas por las aguas servidas del
vecindario, el hielo jabonoso nos trancaba en la marcha.
El llano Río Grande nos entregó un deporte de
primer orden: el trineo con palillos; casi no se utilizaban las pendientes para
desplazamientos de descenso. Eso no
quiere decir que no se ensayara en la de las monjas, del Villa, de la casa de
Patulo –donde más de una vez el se sacó la cresta- o, ya por otro barrio, en la
bajada de Los Yáganse: por que era eso; bajadas, ¡quién tenía medios de
elevación como no sea encumbrarse por los cercos!
El trineo mostraba la solidaridad y el ingenio
de la gente, se hacía con lo que había en casa, o con lo que se conseguía en el
vecindario.¿Quien iba a ir a una ferretería por los materiales que se requerían
para hacer un trineo?
El Mono Ojeda le puso al suyo dos guampas y
¿quién le hacía frente? En
Un buen día con un deshielo fuerte se iba el
invierno, el trineo quedaba su tiempo en el patio, alguno de los mayores
rezongaba: se lo protegía alto en el galpón, o se lo escondía. Al invierno
siguiente salíamos a buscarlo, lo encontrábamos sucio de tierra, de mierda de
gallina o de orines de gato, ¡pero era el gran juguete! Un buen día también ya
no volvíamos a buscarlo, habíamos dejado de ser niños o al menos no queríamos serlo.
Foto: Trineos en fila viendo a Cacho Milósevic hacer acrobacias sobre patines.
miércoles, 10 de julio de 2024
MUSEO VIRTUAL FUEGUINO.85. Durmiente metálico (Inventario nostálgico de Río Grande)
Fueron justo a los rieles el soporte del ferrocarril que unía el Frigorífico de la Companía Argentina, con la Estancia José Menéndez. Obra que inicialmente fue autorizada para vincular solamene la planta fabril con el muelle desde donde se embrcaba para los invierno la producción carnea rumbo al caponero, y de allí al principal mercado de la producción regional: Inglaterra.
Donde hoy solo quedan algunos terraplenes y acantarillanos abundaban estas piezas metálicas hasta que en un momento se retiraron los rieles, no hay registro preciso de cuando ocurrió, y quedaron a raz de tierra, como elementos de chatarra de menor valor.
Así como mostramos a estos hubo otros que partieron rumbo a lo desconocido, cuando algún espíritu andarín paso a reclectarlos a a darles un destino más útil que el que tenía en ese momento, o la función ornamental en algún quincho.
viernes, 5 de julio de 2024
Museo Virtual Fueguino.84. Guanaco tallado en madera.
He aquí una artesanía en madera de lenga producida en Tolhuin por Javier Rivero, hombre al que concí primero con sus trabajos sobre truchas que pueden apreciarse hoy en el Grande Hotel.
Este guanaco sedente fue adquirido por la escribana Rosa Delia Weiss Jurado, y de sus manos pasó a las mías.
A los 23 años de edad emprendió en enero de 1983 su viaje a la Tierra del Fuego, se alejanba con ello de su familia sanjuanina, buscando un destino mejor.
Su largo viaje por tierra lo llevó a ir apreciando el país del viento.
En nuestro islario despertó su creatividad y fue cortando amarras para dejar de ser el sanjuanino de las tallas, al que se le solían hacer comparaciones con Enriqueta, y logró un perfil identificatorio en torno a la fauna regional.
Suele trabajar a demanda y sus piezas viajan por el mundo a la vez que adornar numerosos hogares fueguinos. Pablo Imboden, al saber que estaba por presentarlo en nuestro Museo, me fotografió un flamenco que talló, a pedido suyo.
















