sábado, 19 de mayo de 2012

17. Máquina de escribir (y otras anotaciones)



Esta vieja máquina Remington –circa 1920- que forma parte del museo familiar de Beatriz Rodríguez, y que perteneció a su abuelo Eladio Fernández Pérez, capitán del celebre Amadeo, primer vapor de la flota regional.

“La recuerdo desde siempre en casa, estaba allí en una mesita como si fuera un altar, intocable hasta que llegó la hora del aprendizaje y la de su reemplazo por una Olivetti más moderna y luego por una Olympia. En ella aprendí a escribir a máquina como todos en casa. Me imagino que el abuelo estaría contento si supiera que aún la conservamos y se muestra en este Museo virtual”. Nos ha escrito Beatriz en su envío.

Don Eladio originario de Coruxo –Galicia- adquirió en su tiempo este elemento, que no estaba a la altura de cualquier economía popular, y el recuerdo de Beatriz nos lleva a rememorar que la posesión de una máquina no daba acceso a una forma más rápida de escritura, pero si más prolija, el camino que te llevaba a la mecanografía –eso que se medía luego por escribir sin mirar el teclado, y sumar muchas palabras por minuto- era producto de un método, de mucha paciencia, y de recursos didácticos que no siempre estaban al alcance de la mano.

En lo particular recuerdo al maestro rosarino Horacio Marcucci que me inició en el uso de la fila normal o guía, la dominante, y un poco la inferior, pero que luego al tener que partir apresuradamente de Río Grande me dejó sin aprendizaje sobre la fila numeral.

También el recuerdo a mi primo –Abraham Toty Vázquez- excelente mecanógrafo que se lucía en el mostrador de la Imprenta Don Bosco, haciendo correspondencia para quién se lo requiriera, para agilizar trámites. A él perteneció la Underwood, que conservo como un tesoro, una máquina canadiense en la que hice mi aprendizaje. Mi pare se la compró por 1966 –comenzaba el secundario- al precio de $ 25 mil, un negocio para todos…, el la había ganado en una rifa.

Años después en Río Grande parecieron enseñanzas más sistemáticas de la mecanografía, muchas de la mano de la hermana Berta Weber –en el colegio María Auxiliadora- y también por la Academia de la Señora de Poderoso –en el barrio Mutual YPF- a donde concurrían alumnos del Don Bosco, sección comercial, para aprobar con eficacia los exámenes a los que más tarde los someterían en la institución.

Todos mis hijos han sentido la curiosidad del teclado mecánico, y hasta han insistido en conocer métodos de aprendizajes –hay uno que comenzó a salir en la revista Impactos, y otro que me brindó generosamente Claudia Ibaldi- pero finalmente todos volvieron a la mecánica de este tiempo: el teclado de computadora, sobre el cual parece ser que cada uno instala su propia forma de digitación.

¡Y cuánto nos costó a los mecanógrafos acostumbrarnos al escaso ruido al escribir, y a la menor resistencia al pulsar las teclas!

La máquina de escribir por los días en que la adquirió el Capitán Fernández.

“Hacia 1920, la máquina de escribir «manual» o «mecánica» había alcanzado un diseño más o menos estándar. Había pequeñas variaciones de un fabricante a otro, pero la mayoría de las máquinas seguía el siguiente diseño:

“Cada tecla estaba unida a un tipo que tenía el correspondiente carácter en relieve en su otro extremo. Cuando se presionaba una tecla con la suficiente fuerza y firmeza, el tipo golpeaba una cinta (normalmente de tela entintada) extendida frente a un cilindro que sujetaba el papel y se movía adelante y atrás. El papel se enrollaba en este cilindro, que rotaba al accionar una palanca (la del retorno del carro, una suerte de Enter de hoy en dia, en su extremo izquierdo) cuando se alcanzaba el final de la línea. Algunas cintas estaban divididas en dos mitades, una roja y otra negra, a todo lo largo, contando la mayoría de las máquinas con una palanca que permitía cambiar entre los colores al escribir, lo que estaba especialmente ideado para los libros de contabilidad, donde las cantidades negativas tenían que figurar en rojo”. Con sabiduría wikipedia.

Los últimos mecanógrafos de Rangún.

David Giménez ha publicado en El Mundo de España una nota que habla de una vigencia que no ha perdido espacio en oriente.

Hla Mgo tiene los dedos más rápidos a este lado de Rangún, capaces de teclear sin faltas cartas de amor adolescente, misivas de marineros desarraigados y certificados de defunción de clientes que nunca vuelven a protestar el servicio. Su oficina ocupa un pedazo de acera junto al puerto: una mesa de madera, una silla y una vieja Olympia que vivió tiempos mejores. "Funciona perfectamente y no le falta una tecla", dice el mecanógrafo de 59 años acariciando la máquina con la que se gana la vida desde hace cuatro décadas. "Y eso que tiene más años que yo".
Ni la llegada de los ordenadores ni el lento avance de Internet han logrado acabar con las máquinas de escribir de Birmania. En pueblos y ciudades, a las puertas de juzgados y en las avenidas más concurridas, decenas de puestos callejeros mantienen vivo un oficio que no conoce la crisis. "¿El negocio? Tengo más clientes que hace 20 años", asegura Hal Mgo, que ha empezado a enseñar su técnica a sus dos hijas.
Los mecanógrafos de Rangún se han defendido de la competencia de las nuevas tecnologías ofreciendo mejor precio y la garantía de un servicio sin virus ni apagones en una ciudad que sufre constantes cortes de luz. Una página mecanografiada a una media de 50 palabras el minuto se paga a 300 kyats (25 céntimos de euro), la mitad de lo que piden los recién llegados con sus sofisticadas computadoras.
Monjes enfundados en sus túnicas azafrán, oficinistas camino del registro y amas de casa que no fueron instruidas en la escritura esperan su turno para dictar sus cartas en los puestos de la avenida del Banco, en la parte vieja de la capital. Nayla dice que su especialidad son las cartas de amor y los certificados de matrimonio, que ofrece en sobres de falso terciopelo azul tocados por lazos rosas o flores blancas. "Hacemos todo tipo de servicios. Rápido. Muy rápido", asegura repitiendo el mensaje del letrero que cuelga de su puesto.
Más de cinco décadas de dictadura militar hundieron el que fuera el país más educado del sureste asiático, también conocido como Myanmar. El hermetismo del régimen tuvo el efecto secundario de preservar la atmósfera de colonia descrita por George Orwell en sus 'Días de Birmania' (1934). La antigua capital es un conjunto de edificios desconchados y decadentes, lugares remotos siguen estando comunicados por barcos a vapor y las máquinas de escribir son utilizadas para completar el papeleo en oficinas, hospitales o colegios.
Los generales, que hace dos años iniciaron la mayor apertura desde que tomaron el poder en 1962, contribuyeron a alargar la vida de la máquina de escribir con su control orwelliano de la sociedad. Temerosos de la influencia exterior, hasta hace poco castigaban con la cárcel la posesión de máquinas de fax o el uso de Internet, todavía al alcance de menos del 1% de la población.
La popularidad de la mecanografía ha permitido a Kyaw Shin completar su pensión como ex funcionario gracias al dinero extra que gana en Mundo Lunar, un comercio de la avenida del Jardín de Maha Bandola. El dueño decidió modernizarse meses atrás adquiriendo cuatro ordenadores, sólo para comprobar que los clientes seguían reclamando los servicios de Kyaw Shin. "¿Morir?", dice sorprendido el mecanógrafo de 70 años cuando se le pregunta por la posible desaparición de su profesión, mientras sus dedos se mueven a toda velocidad y de fondo suena el tac-tac de las teclas. "La máquina de escribir es el mejor invento del mundo".

Los escritores que lloran el fin de las máquinas de escribir

En tanto que Javier Rojahelis, apuntó otras reflexiones interesantes que nos precipitan en las reflexiones de las innovaciones y las tradiciones, encrucijadas tecnológicas mediante.

El cierre de la última fábrica de máquinas de escribir -fue en abril de 2011- le ha puesto la lápida definitiva a uno de los elementos técnicos más emblemáticos del siglo XX. Un artefacto que no sólo pobló las oficinas, sino que también se convirtió en el compañero inseparable de los escritores.

Se veía venir su muerte definitiva, pero la verdad es que la gran mayoría ya la daba por muerta hacía mucho tiempo. Por esto mismo, no fueron pocos los que se sorprendieron al escuchar la noticia de que finalmente había cerrado la última de las compañías dedicadas a la fabricación de máquinas de escribir (con sede en la India). "¿Cómo? ¿Todavía se fabricaban?" fue la pregunta que se repitió en varios lugares. Claro, era raro recordar cuándo había sido la última vez en la que cada uno de nosotros había tecleado en una máquina de escribir o había tenido que elaborar un informe en ella o había dejado volar la imaginación literaria sobre ese sonoro teclado Qwerty. ¿15 años? ¿20 años?

El autor de la nota destaca que si bien hay países en los cuales ya no se usa, en otros, muy cercanos al primer mundo “hay gente que incluso se gana la vida tipeando en las viejas máquinas de escribir, como ocurre en México, donde en la Plaza Santo Domingo todavía se encuentran escribanos que a cambio de una cierta cantidad de dinero escriben cartas y mensajes por encargo”.

Los escritores y sus máquinas

Sin embargo, la postal que ahora desaparecerá definitivamente es la que muestra aquella imagen romántica del escritor frente a la máquina de escribir. Una imagen que estuvo presente durante gran parte del siglo XX y que tuvo que ver con la creación de una buena porción de toda la literatura que marcó la centuria pasada. Ahí están las instantáneas o los testimonios que retratan a Hemingway con su Underwood portátil, a Agatha Christie tecleando su Remington, a Bukowski machacando su Olympia SG, a Herman Hesse sacándole tinta a su Smith Premier, a Tennessee Williams con alguna de sus Olivetti, a Simenon dándole vida a Maigret con su Royal 10, a Tolkien creando con su Hammond o a Pablo Neruda poetizando con las teclas de una Hermes suiza. Postales a las que se suman las de otros grandes hasta llegar a Mark Twain, quien es sindicado como el primer escritor que comenzó a escribir sus obras literarias con el artefacto mecánico.

El caso de Paul Auster

Pero no sólo las máquinas de escribir de los autores ya muertos han llegado a las subastas, también las de aquellos que aún están vivos y productivos. Este es el caso de Cormac McCarthy, quien subastó su Olivetti Lettera 32 en 250 mil dólares, un precio más que justo si se toma en cuenta que en dicha máquina McCarthy escribió toda su obra, desde el "Guardián del vergel" hasta "La carretera". Lo que sí hay que consignar es que McCarthy es uno de los pocos autores que no se han dejado seducir por las nuevas tecnologías, y que si bien remató su Olivetti, la verdad es que la subasta fue con el fin de realizar un donativo, después de lo cual no dudó en volver a comprar otra máquina del mismo modelo para seguir escribiendo tal como la he hecho durante todas estas décadas. Algo muy distinto a otros veteranos escritores, como Philip Roth, quien ya desde los años 90 que abandonó la máquina de escribir para entregarse a la pantalla del computador.

Otro ejemplo destacable, de autores que se mantuvieron fieles a las máquinas mecánicas, es el del escritor Paul Auster ("Trilogía de Nueva York"). El caso es emblemático en el sentido de que Auster es un autor que en la mitad de su actividad creadora se vio rodeado por las nuevas tecnologías y por la llegada de los computadores y los procesadores de textos. A pesar de ello, Auster continuó hasta la llegada del siglo XXI fiel al tecleo de su Olympia e, incluso, hizo un libro destinado exclusivamente a ella que se tituló "La historia de mi máquina de escribir". En él se puede leer cómo Auster se mantuvo con el artefacto desde 1974 sin ni siquiera sentirse tentado por las versiones eléctricas del mismo: "La otra posibilidad era utilizar una (máquina) eléctrica, pero no me gustaba el ruido que hacían aquellos artilugios: el continuo zumbido del motor, el discordante soniquete de las piezas, la cambiante frecuencia de la corriente alterna vibrando en los dedos".

Después, en la década de los 80 y sobre todo a principios de los 90, Auster fue viendo cómo sus amigos adquirían computadores Mac e IBM para trabajar con ellos, pero él no cedía. Además, él mismo cuenta que cuando se vio tentado por la nueva tecnología, muchos de esos amigos le comenzaron a contar historias terroríficas acerca de pérdidas de trabajos completos por culpa de la pulsación de una tecla equivocada. Poco antes de finalizar el siglo XX, Auster presintió el final definitivo de la época de las máquinas de escribir y comenzó a asegurarse adquiriendo una gran cantidad de cintas de tipeo. Con mucho esfuerzo logró reunir 50 cintas, las que fue utilizando con sumo cuidado, aprovechando su rendimiento hasta el máximo. El libro, escrito en el año 2000, termina con la confesión: "Incluso en este preciso momento, cuando rememoro los nueve mil cuatrocientos días que hemos pasado juntos, la tengo justo delante de mí, desgranando con aire entrecortado su música antigua y familiar." En todo caso, el romanticismo tiene límites y, en la actualidad, si bien Auster sigue escribiendo en su Olympia, su editor le obligó en los últimos años a usar el computador para poder utilizar el formato de disco en las entregas.

Jorge Luís Borges y la Remington.

Aquel destacado e irónico narrador reflexionaba sobre las bondades del progreso y el desarrollo industrial.

Decía que si bien su abuelo fue muerto -en guerras interiores del país-, por un disparo de un Remington, él cotidianamente escribía en una Remington sus ficciones memorables.

En el mercado de Internet.

Una máquina como la que atesora Beatriz se ofrece, en perfecto estado de funcionamiento, y con delicado estuche a $250, o doce cuotas de $31.

¿Me la vende?


Actualización:


Mis queridas Underwood. La perdida...


El 18 de julio, en horas de la mañana visité en sus oficinas de Canal 13 a Juan Cuesta. En un momento de la conversación, en que hablamos del avance tecnológico, sacó de una repisa una máquina de escribir que hace diez años llevó a su empleo, donde no tenía mayores recursos para realizar su tarea. La máquina portátil había pertenecido a don Alberto Urrutia, segundo esposo de su madre, y era idéntica a la segunda máquina de escribir que tuve en mi vida, la que me acompañó en todos los años de mi formación universitaria.

Eso lo pude comprobar cuando abrimos el estuche y la encontramos encerrada en ese lugar, la máquina de fabricación italiana que comprara mi padre a un viajante que se alojaba en el Hotel Atlántida, por 1967.

Ya teníamos otra, de fabricación canadiense, semi portátil, en la aprendí a medias con el maestro Horacio Marcuci la gran técnica que me daría ánimo en la vida: la dactilografía.

Pero esta máquina, ahora en manos del amigo, era idéntica a aquella que perdí.

¿Cómo la perdí?

Era el año 1982 y Daniel Augusto Balanche Rondeau (h) daba vida a su diario: Noticias. Los recursos eran tan escasos que los periodistas y colaboradores debían hacer cola para escribir en una de las dos máquinas que disponía el medio. Daniel me preguntó si podía conseguirle alguna más, y yo fui generoso con la que estamos recordando.

La máquina en cuestión estaba en mejor estado que las de él, y él se apropio inmediatamente de este artefacto con el siguiente argumento: -Con esta entrega que me hacés pasas a ser accionistas de Noticias, y creo que por lo que vale te corresponde el 35% de la empresa.

Yo no dije ni si, ni no. Pensé que corría el riesgo de adueñarle del 35% de las deudas. Un día, no se por que causa la máquina no estaba más en la redacción, lo busqué al Director y me costó encontrarlo. Me dijo que al parecer la habían robado, me dio el nombre del sospechoso, un escriba que había partido del territorio. Quise creerle y le pregunté si no perdía con ello mi participación en el paquete accionario. Me dijo que ¡faltaba más!. Y –por supuesto- faltaba más...


Y lo que es por ahora, un final humorístico

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