viernes, 26 de mayo de 2017

066.-Carpeta tejida al crochet.



El objeto está ahí, sobre la mesa ratona, cerca del rincón donde se encuentra mi PC. Es decir en mi escritorio.

Tiene algo así como diez años de antigüedad y es de fabricación artesanal chilena.

Las autoras de esta preciosa carpeta han sido dos parientes directas, y la destinataria de la misma: mi esposa.

La comenzó a hacer mi tía Ana Martinovic de Yaksic, y contribuyó a su realización su hija Dominga Magdalena, a la que conocimos con el apelativo de Nedy.

Diré aquí para darle un carácter técnico que tiene 42 centímetros de diámetro, y que hasta pocos meses tenía uso ocasional en alguna de las mesas de la casa: la del living preferentemente, hasta que la mesita se instaló en mi lugar porque aquí había un silloncito que hacía más cómodo las sesiones de trasnoche mirando Neflix. Entonces en la mesita estaban algunos libros que leyó en sus últimos días, el sifón con soda, el vaso, y una que otra golosina.

Tal vez se podría decir que es una pieza muy fina para un uso tan cotidiano, pero así fue la cosa: la carpeta era de ella, y ella quería tenerla cerca en recuerdo del trámite que realizó para conseguirla.

Es que en nuestras visitas a la casa de la tía, saltaban a la vista las numerosas manualidades que había sabido hacer durante su vida. Trabajos que en algunos casos ayudó en la economía familiar para parar la olla, en tiempos de carestía que los hubo en su país, y como suele ocurrir también aquí: cuando menos se lo desea.


 Las carpetas también aparecían en casa de sus hijos: Ivo y Nedy; y fueron en su momento regalos que salieron de sus manos que evitaron acudir a alguna comercio para tratar de quedar bien en alguna fiesta de la familia.

Patricia Cajal elogiaba estos trabajos, y un día mi tía le dijo que le iba a hacer una, más o menos grandecita, aunque mi esposa se hubiera contentado en el acto con una más pequeña. Pero la promesa estaba hecha, le haría la carpeta para un próximo viaje que ya estaba prefijado porque iba de la mano de la búsqueda de un libro de nuestra parte.

Quedaron también de acuerdo que se enviaría de Argentina el hilo que se usaría en la confección, cosa que significó ver varios comercios en la zona de Once, en una derivación médica que se concretó de inmediato por aquellos días.

De Buenos Aires, a Río Grande, de aquí en mano a la calle Serrano, en el Barrio Sur, donde vivía la hacedora de la carpeta.

¡La tía Ana ya podría comenzar a trabajar!

Y aquí aparecen dos historias: una que dice que usó el hilo argentino, otra que le cansaba las manos, y que por ello dejó la carpeta a medio hacer y comprando un hilo fabricado en no sé dónde –vieron que en Punta Arenas abundan mercancías internacionales- realizó con el nuestra pieza de museo.

No sé cuás de las dos historias es la verdadera, y cuál sería la más bonita; o lo interesante es que hubiera dos historias.

Como que también hayan sido dos las mujeres que intervinieron en la confección de nuestra carpeta. Y digo nuestra porque si bien fue de mi esposa, ahora en circunstancias hereditarias ha pasado a ser mí, de la casa, de este lugar de  donde difícilmente se sacará para mostrar la cubierta vidriada y de madera lustrada de la mesa ratona.

Lo que pasó fue así. La tía, con más de 90 años encima, comenzó a tener un dolor en la mano izquierda que limitaba entre otras cosas su trabajo persistente con el ganchillo. Los días iban pasando, la mano rendía menos, y Ana se preocupó porque llegarían los sobrinos y no tendría preparada su promesa. Entonces pensó en la hija.

Nedy había sido iniciada siendo niña en todas estas manualidades en las que brillaba en habilidad la madre. Pero teniendo un oficio, en su caso el de maestra, no disponía del mismo tiempo que un ama de casa.., y con el tiempo dejó de practicar. Además para que hacerlo, por gusto nomás, no por necesidad, puesto que tenía en la madre una persistente fabricante de tejidos al crochet.

En ese sentido recuerdo a mi madre que solía tejer gorras y guantes, antes de cada invierno, piezas que terminaba regalando a alguien que le prodigaba elogios por la calidad del trabajo, que para este caso era la homegenidad del tejido.

Desconozco que esto del crochet haya sido una habilidad que la familia trajo de Europa, o si fue producto de algún aprendizaje escolar. No pregunté en su momento, y la enseñanza primera de la habilidad familiar permanecerá en los sitios míticos de la memoria. Lo cierto es que al escribir he recuperado la palabra Europa, una voz geográficamente más imprecisa que suprimía lo que tendría que haber sido: Yugoeslavia, o luego Croacia.

Vamos a decir entonces que nuestra carpeta tiene un estilo europeo.

Vaya a saberse en cuanto habrá tenido que insistir Ana para que la hija continuara la tarea que ella no podía concretar. Y cuánto de amor por la madre, o cuanto de amor por Patricia, había en la decisión que la llevó a ponerse los anteojos de lectura, sentarse en el sillón que en la cocina, hecho con el asiento del último taxi del tío Valerio, y comenzar a trabajar en la continuidad de la tarea.

Así la carpeta que comenzó la madre para la sobrina política, fue terminada por nuestra prima.

En reencuentro entre los chilenos y los argentinos se dio en medio de las alegrías que siempre nos fueron propias; y luego de tomar once –esta once se sabrá no es la del lugar dónde fuimos por el hilo- apareció envuelta en un papel azul la preciada carpeta.  


Abrazos, besos, encontronazos.. la ocurrencia de alguien que trajo el escondido mate de la casa, y el traslado de  la mesa al living donde permanece en mi memoria, porque tontamente no tomé la foto de la circunstancia, tal vez porque andaba corto de rollo y todo esto pasó en los remotos tiempos que no existían los celulares y sus cámaras incorporada, la imagen de Patricia, doblando y desdoblando el regalo sobre su falda.

Entonces fue cuando Ana quiso que se compartieran los agradecimientos, y la hija que se interponía para no hable sobre el tema. Pero al final la tía se impuso y contó cómo fue la historia: la carpeta que comenzó una la terminó la otra.

Entonces volvieron a la mesa, que ya había sido despejada de los restos de la merienda, y sobre la misma la extendieron, prendieron luces, y alguien dijo que no se podría saber cuál era la parte hecha por la madre, y cual hecha por la hija. Entonces se cruzaron las miradas, una más experta que la otra. Hasta que finalmente la más impertinente: Patricia, la destinataria del regalo, sin decir me parece, señaló con certeza: -¡Hasta aquí llegó la tía, y de aquí hasta aquí debe ser el trabajo de Nedy! Todos nos fuimos mirando para ver si alguien podía decir lo contrario. Entonces la tía tomó la pieza de la cual estamos hablando, hubo un tiempo de silencios, a lo lejos ladró un perro, y respirando hondo dijo: -¡Saben que la Paty tiene razón!, y fue siguiendo la línea del trabajo de una y de otra con sus delgados dedos y sus nacaradas uñas.


La historia puede terminar así. Este objeto de nuestro Museo Virtual, se encuentra expuesto en forma permanente en Obligado 519, de la ciudad de Río Grande donde puede ser visto por quienes quieran visitarnos, de lunes a viernes, de 18 a 20.

No buscamos tazadores para nuestro objeto, porque sabemos que como tantas cosas nacidas del amor, para sus dueños, no tiene precio.



viernes, 2 de diciembre de 2016

O65.- Pasajes terrestres al sur..



Escondidos en un libro que en su momento ayudó a hacer más corta la travesía encontré estos boletos que corresponden al viaje que en el invierno de 1971 me devolvió en parte a la isla. Y digo en parte porque antes tuve que hacer una travesía terrestre en Costera Criolla de Buenos Aires a Bahía Blanca, desde su terminal en Constitución a donde llegue con la valija atada precariamente porque se me había descosido.



Se salía a la noche y se llegaba temprano a una Bahía Blanca que no alcanzabas a conocer, porque ya tenía que seguir hacia el sur. Recuerdo de aquella ciudad una plaza de juegos infantiles donde los columpios tenían forma de botes, influjo de la Armada en la localidad y en esos entretenimientos.

El primer destino patagónico-patagónico estaría en Comodoro Rivadavia, y para ello estaba la empresa Transportes Patagónicos. De esa firma es el primer boleto

.

En Comodoro me esperaba un nuevo trasbordo, rumbo a Río Gallegos, donde debía llegar a 48 horas de haber salido de Buenos Aires. Plazo que se cumplió con una demora de tan solo 20 minutos. La firma en este tercer tramo al sur era Transportadora Patagónica.

Era una forma más económica de volver, yo había ido en transporte naval, pero para los que no teníamos vinculación directa con la Marina no era tan fácil conseguir ese pasaje allá, como lo fue acá de la mano del querido Negro Angelineta.



En Gallegos hice noche de Comodoro Rivadavia 344, la casa de mi prima Gringa) Elena Sesnic Martinovich de Bull (Jaime Bull), una casa con despensa al frente donde siempre había mucha gente de paso.

Al día siguiente LADE me puso en un Río Grande que estaba de fiesta, no por mi retorno, sino porque festejaba cincuenta años de la creación de la Colonia Agrícola, cosa que yo ignoraba.

La larga travesía no me permitió conocer de la Patagonia nada más que sus enormes distancias, por la ventanilla todo era monótono hasta en el tramo de Caleta al Sur todo se cubrió de barro y viajamos como encapsulados. Pero estaba mejor que en el trayecto anterior cuando sobre Trelew por abrir la ventanilla ya no la pude cerrar del todo y el chiflete me trajo un enorme frio sobre un oído que yo traté de mitigar envolviendo la cabeza con un pullover que traía en el bolso.

En medio de estos recuerdos quedan muchos olvidos; que comía, y cuando me salió finalmente el viaje, más allá del precio que indican los boletos, y que incidencia tenía esto en el magro presupuesto de un estudiants fueguino en La Plata,





domingo, 27 de noviembre de 2016

064.- Hesperidrina.

En mi infancia existían en la despensa ciertos brebajes a los que mi madre identificaba como Jarabes, y con ello tenían ciertas propiedades medicinales. Había que ser muy curda para pretender hacerlo con Oporto, Ferroquina Biskery,  o Hesperidina.

También servían como digestivo el de las grandes comilonas, cuando a las damas se les servía una infusión mientras que los hombres solo aceptaban aquello que tendría aunque sea un mínimo alcohol estimulante.

Con el correr del tiempo las apetencias cambiaron y las botellas fueron quedando atrás de otras de mayor demanda.

Un día ordenando todo eso tal vez alguien de otras generación que ayudaba a los mayores en estos menesteres descubría la botella, entonces se recibían las invitaciones del caso. Pensando que el tiempo añejaba el producto y luego su sabor era más preciado se pasaba a tomar en una pequeña copa. La copa era la clave de la dosificación del producto, la misma Ginebra Bols tiee por lema: Cada día una copita; una copita nada más, copita no copa.

La reacción de los nuevos consumidores resulta diversa, en algunos casos va acompañando el café, en otros se hace el ponche, o batido de huevo, producto que lo particular consumí diariamente, hasta que llegó el colesterol: hablo del oporto.

Pero un descubrimiento de la existencia de la Hesperidrina en un producto medicinal me llevó a explorar el tema y redescubrirla.



Una química exitosa.

Es una bebida argentina a base de corteza de naranjas amargas  o agrias y dulces de frutos inmaduros los cuales tienen gran contenido de flavonoides  (hesperidina, neohesperidina y narangina). 
Comenzó a venderse en farmacias en la segunda mitad del siglo XIX, por parte de un norteamericano Melville Sewell Bagley  el que además dio vida a la gran fábrica de galletitas.

Hoy se sigue produciendo y consumiendo en el país . Su sabor es suave, dulce, y se suele mezclar con agua tónica, agua gaseosa, gaseosa de lima y limón, o como mezcla en diferentes tragos o cócteles. Se le reconocen efectos antioxidantes y otros propios de los flavonoides  que contiene.
En su nombre hay que remontarse a los trabajos de Hércules, y el célebre Jardín de las Hespérides, el de las serpientes, el de las manzanas.

La bebida comenzó a venderse en la farmacia “La Estrella” pero pronto ganó el mercado con una campaña que decía: “ Se viene la Hesperidrina”.
Melville actuó rápidamente, convenciendo al Presidente Avellaneda de la necesidad de crear un registro de marcas y patentes. En  1876 el registro fue creado, y en su honor "Hesperidina" fue la marca número uno en registrarse en Argentina.
 Melville decide imprimir las etiquetas de Hesperidina en la Bank Note Company de Nueva York, donde se imprimían billetes de doláres y a la vez promovió la creación de una oficina de marcas y patentes, en la cual la Hesperidrina fue el primer registro.



Su valor medicinal.
Leemos en Wikipedia: La Hesperidina desde sus comienzos fue considerada incluso un tónicodebido a sus propiedades medicinales aportadas por las naranjas. De hecho su principal componente es la sustancia hesperidina, un flavonoide  que se encuentra en los cítricos y que produce efectos antioxidantes, muy beneficiosos para las funciones digestiva y circulatoria. Desde la década de 1890 y hasta el día de hoy se han encontrado diversos y muy efectivos usos terapéuticos de la Hesperidina. Entre ellos es efectiva contra las úlceras varicosas, hemorroides, várices, hipertensión, reducción del colesterol, disminución de dolores, artritis reumatoidea, etc.

 Hesperidina también estuvo presente en la guerra de la Triple Alianza(1864–1870), más precisamente en las tiendas de campaña para “revitalizar a los heridos”, gracias a sus propiedades terapéuticas que contrarrestaban problemas estomacales originados principalmente por la poca potabilidad del agua. De los hospitales se trasladó rápidamente al  campño de batalla para mejorar cualquier dolencia entre la tropa.

Colofón

Entre las celebridades que han sabido consumirla se encuentran: Pascasio Moreno, el perito, Julio Cortazan, Roberto Goyeneche, Florencio Molina Campos.

  Incluso existe un tango de nombre “Hesperidina. Tango de Moda” compuesto por Juan Nirvasseden en 1915 y ganador del premio al mejor tango de la Sociedad Sportiva Argentina, entre otros reconocimientos.


El llamado a encontrar estas referencias en esta particular bebida me lo dio una bolsa médica que se me entregó recientemente en el HRRG que muestra como la hesperidrina se encuentra incorporada a la farmacopea contemporánea. 


martes, 22 de noviembre de 2016

063.- La placa de la doctora Nelly Penazzo..




Alguien la encontró en un tacho de la basura, la rescató y la puso en mis manos.

Sabía que la iba a valorar.

Recuerdo haberla visto por primera vez en la esquina de Fagnano y Moreno donde tenía casa y consultorio.

Era el año 1966 y por primera vez veía cerca de la puerta de una casa de Río Grande la placa de un profesional médico.

Por entonces me pareció mucho más brillante.

Mi madre concurría a verla por un problema glandular. Nelly se mostraba muy versada en las artes de curar.

Pero quien era ella? Rescato una semblaza de lo que un día escribimos en mensajero del río, e invito a los interesados en tomr la signatura y salir a su encuentro.



http://mensajerodelrio.blogspot.com.ar/2011/03/una-mujer-inolvidable-nelly-iris.html

martes, 21 de junio de 2016

062.- Pasaje policial.

Alfredo Dámaso Vargas llegó a la Tierra del Fuego hace cincuenta años.

Lo hizo para cumplir tareas en la Policía Territorial Fueguina, habiendo sido contratado a tal fin en su provincia de Corrientes.

Si bien entró por Ushuaia muy pronto incursionó en el norte fueguino, tuvo distintos destinos en destacamentos rurales -Radman y Los Cerros- hasta que al formar familia fue acercándose a Río Grande: primero al puesto José Menéndez -cuando estaba abajo del puente, luego en la ciudad instalándose definitivamente en la calle Guaraní.

Con su esposa, que también vino de Corrientes haciendo íntegra su carrera policial tuvo tres hijos, uno de ellos -Walter- se retiró como Comisario Mayor ejerciendo la jefatura de la repartición.

Dueño de amplios recuerdos, y toda una alegría de vivir, cumplirá Alfredo 74 años el próximo 11 de diciembre. Desde 1991 se retiró de la repartición con la que se encuentra unido de cuerpo y alma.

La tarde del Día de la Bandera nos encontramos en su casa, y hablamos fundamentalmente de su condición de chofer policial, vinculando la zona rural con sus complejidades de comunicación, más que delictivas.

Allí puso en mis manos esta documentación de su llegada a nuestro territorio, cuya primer imagen es la que corresponde al frente del pasaje naval que le fuera otorgado para cumplir la travesía. El buque traía turistas, y ellos -los chaqueños, los correntinos por separado- viajaban en segunda, en camarote venían 200 conscriptos para la armada, El viaje que hacía escalas en la costa patagónica demoro quince días.


Por dentro venían las condiciones del viaje, y la referencia que identificaba al pasajero y la forma en que el estado se hacía cargo de su traslado.


Una carta le comunicó oportunamente a Vargas con las situaciones en las que se vería enfrentado.


La recomendación de venir abrigado dio lugar a múltiples anécdotas, Alfredo recuerda que con él venía Ángel Eduardo Acosta que lucía una gabardina con marca Poliester Elefante Nlanco, lo que llevo a que el correntino llevara por años ese sobrenombre Elefante Blanco.

Acompañamos esta documentación con una foto de época de nuestro donante, la que lucía en el carnet de condutor 2425 expedido por la Municipalidad de Río Grande.


domingo, 19 de junio de 2016

061,. CORBATAS.-



Era el momento indudable en que mi padre se disponía a salir de casa cuando se colocaba la corbata y ajustaba el nudo frente al espejo.

El espejo era redondo y lo utilizaba para afeitarse. Para eso lo elevaba a su altura. Mi madre lo invitaba a que usara el de la cómoda, para lo cual tenía que agacharse, o el de “la nona”, que estaba guardado en una pieza que servía de depósito.., porque según ella uno debía verse de cuerpo entero antes de salir. Y la corbata podía desentonar con el resto de la vestimenta, o con el momento que se iba a vivir.

Papá tenía una corbata negra para los funerales, y varias para todos los días, en las fiestas era otra cosa.., alguna más informal, multicolor, brillante, y llegada alguna fiesta podía recibir otra corbata de regalo.

La imagen superior muestra las tres corbatas que me han quedado del vestuario de mi padre.



La inferior muestra una de ellas con su marca, creo que se compraron en la Tienda Buenos Aires.

Yo también comencé con esto de las corbatas siendo muy niño, tal vez antes de ir a la escuela. Mi corbata era escocesa de fondo verde con vivos rojos y blancos, vaya a saber a qué clan pertenecería. Como era para un niño, supuestamente poco hábil, se ajustaba con una elástico y pequeño gancho. Más tarde vinieron otras, que formaron parte de la exigencia del uniforme en la escuela secundaria. Creo que por influjo de los Beatles pasamos en la pubertad a usar corbata delgada, y al final de la adolescencia las corbatas se ensancharon y por influencia hippie aparecieron algunas con estampados búlgaros.
Mi foto de ingreso a la universidad me muestra con una corbata de un ancho fuera de lo común, poco después fue común que en los casamientos en novio luciera amplio corbatón de seda.

Por esos años mi padre por razones laborales dejó de usar la corbata cotidianamente y cuando se hizo cargo de la conserjería del Atlántida y volvió a usarla fue un motivo de alegría para mi madre, creo que se conformó con eso más que con la remuneración que percibiría.

Hasta entonces la corbata había sido par él prenda dominical. Los sábados peluquería, el domingo camisa blanca y corbata, aunque tuviera que quedarse en casa.

Hacer el nudo de la corbata era una suerte de superación, un ascenso a la condición masculina más elevada.

Durante mucho tiempo me tomó examen para ver si había aprendido de su mano, y en su cuello. 

Tendría una docena de corbatas cuando nos enteramos por la revista Gente que el presidente Lastiri tenía: ¡mil!

Cuando murió ya vivíamos cada uno en su casa, y el trabajo cotidiano –encargado de un corralón maderero- con tenía con pilchas más rudas; tal vez por eso dejó el nudo corredizo en las corbatas que más usaba, la que sacaba con encima de su cabeza y ajustaba cuando era necesario colocarla.

Tenía cierta dificultad para elevar los brazos, productos de una fractura en omóplato y clavícula que dejó sus secuelas, por lo le pedía a mi madre que “lo enlazara”.

Mamá solía comentar que la corbata era un invento de los croatas –ella venía de esa raza- que la usaban los hombres que iban a la guerra, que engordaban y les saltaban los botones, y no tenían mujer cerca que se los cosieran, y por eso con una tira de tela cubrían los faltantes adoptando con el tiempo colores diferentes según el regimiento al que pertenecían.

En esos tiempos sin internet mi madre tenía explicaciones para todas las cosas, algunas parecían un tanto fantasiosas, cualidad que alguno en la familia parece haber heredado

Así quedo esta corbata, -en la tercera foto- con el nudo nacido de las manos de mi padre, hace algo así como 37 años, o más…. La tercera foto.





sábado, 21 de mayo de 2016

060.-Calentador de bolsillo.



Lo tengo presente en mi mas temprana infancia, nos estamos preparando para salir. Se que llevo mitones u pasamontaña gris que si bien no son de la misma lana hacen juego, llevo pantalones de paño y una campera con botones marrones. Mamá trataba de que también entrara una bufanda. No se a donde íbamos pero era importante, el frío no conseguiría detenernos. Mis zapatos son de caña alta y cuero engrasado, dejan ver las medias rombo. Afuera hay nieve.

Mi madre lleva unos zapatones de goma con cierre delantero, un reborde de piel los hace elegantes, usa medias gruesas, abrigadas, azules, de esas que venden las monjas. Llega una falda que le aprieta en la cintura, por eso la fija con un alfiler de gancho. Cuida que no se le vea la combinación. Se que viste una camisa cuadrillé, como de leñador, y sobre ella un jersey que le enviara de regalo
 su hermana  más querida. Se cubre con un chaquetón impermeable azul y en la cabeza saldrá con un pañuelo, una señora no puede salir con la cabeza descubierta. Se fijará que no le falte nada en su cartera, revisa el monedero, las billetera, unos papeles que indican que vamos a hacer un trámite y mirándose en un pequeño espejo que va anexo a una polvera, se retoca. Después saca el pequeño calentador de bolsillo, enciende la mecha azul, y lo coloca del lado derecho.



Ya podemos salir. En la casa crepita el calor de la leña en un octogonal, en la cocina arde el carbón que mi padre consigue de los barcos.

Si hay frío en el pueblo no hay frío en nosotros.



Conservo aquel artefacto metálico que nos daba un poco más de bienestar en el año 1959. Es de fabricación japonesa -de un lado se aprecia la desgastada inscripción de MADE IN JAPAN- y del otro resulta ilegible el número de patente. Mi padre dijo una vez, al tenerlo en sus manos, que era admirable como estaban saliendo los japos de la crisis de postguerra.

Mamá me contó que no lo usa siempre porque se sabe que fue un lejano regalo de un antiguo novio, ante papá nunca se recuerda este origen.

El calentador alimentado por alcohol tiene calor azul. Papá, cuando se lo enciende lo hace con alcohol de quemar, mamá cuando está solo lo hace con el medicinal que guarda en el botiquín de la casa.

Caminamos un par de cuadras y me quejo ¡Tengo tanto frío! Mamá saca el calentador y lo coloca en uno de los bolsillos de mi campera, campera que ella misma confección y a la cual llamamos la "motonetista".., yo siento vértigo de lo que puede ser andar velozmente en moto. Ninguna moto anda en ese momento por nuestras calles, pero mi corazón -tan cerca del calentadorcito prestado- ronronea como una máquina contenta y feliz.