viernes, 27 de enero de 2012

013. Costurero


Propietaria inicial Alejandra Luna, del Barrio de Palermo en la Capital Federal. A su muerte en 1980, as la edad de 70 años su hija se lo regala a Balbina Juárez, la prima de la difunta

Es un costurero de pie estilo provenzal que mide 78 cm de alto y 37 de diámetro.
Le falta una bolsa que iba en el interior a manera de forro, el mismo tenía pequeños bolsillos donde se guardaban los carreteles de hilo, todos en forma individual.

Un costurero es una caja que contiene los materiales de costura.

Dice Wikipedia: "Los costureros tradicionales son cestas o cajas en los que se guardan agujas, hilos y otros utensilios necesarios para realizar labores de costura. La mayoría son ligeros y móviles pero históricamente han existido costureros fijos que constituían auténticos muebles compuestos de un recipiente que se asentaba sobre unas patas rígidas".

Parecido a este, o diferente, un costurero debe contener los siguientes elementos:
Botones.
Metro de hule, u otros elementos más modernos.
Carreteles o canutos de hilo.
Tijeras.
Dedal.
Aguas y alfileres.

Una conexión poética:

Es la que nos conduce a Evaristo Carriego, poeta de Buenos Aires que en su momento -1926- escribió este poema:

La costurerita que me dio aquel mal paso.


La costurerita que dio aquel mal paso...
-y lo peor de todo , sin necesidad-
con el sinvergüenza que no le hizo caso
después...-según dicen en la vecindad-

se fue hace dos días.Ya no era posible
fingir por más tiempo.Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras¡tan sin corazón!

Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer.

¡Qué cara tenía la costurerita
qué ojos más extraños , esa tardecita
que dejó la casa para no volver!...
[


LA TENTACIÓN.
De Juana de Ibarbourú, en su libro El cántaro fresco.

Cualquier color que busquéis en mi cesto e costrura, habréis de hallarlo. Tengo en él ovillos de lana de todos los colores. Y mientras mi hijo, convaleciente, duerme, me pongo a tejer junto a la ventana, vigilando su sueño. Tienen una dulzura infinita estas tardecitas del mes de noviembre. Hay algunas un poco frescas aun este año, pero la mayor parte de ellas son tibias, de una maavillosa claridad. ¡Ha, cómo, con mirarlas firtivas, me dejo ganar por la tentación del camino! Las acacias están llenas de racimos blancos sobre sus espinas pardas; en las retamas parece que se hubiera desgranado todo el oro del mundo. Se diría que los álamos, al ser movidos por el viento cantan. ¡Qué hermoso debe estar el bosque! ¡Qué bonitos los trigales ondulantes y verdes! Esta noche, la luna ha de ser redonda, redonda como una gran medalla dorada. ¡Y en todo el campo debe de haber un olor tn bueno a gramilla, a rocío, a luna, a sauces!... ¡Juraría que una voz (quizás fue sólo el canto fugaz de un pájaro), desde la alta copa rumorosa del bambú, me ha dicho:
-¿Vamos?
Pero yo ya no puedo escaparme a corretear como antes por los caminos. Ahora tengo que ser seria y olvidar esas cosas. Ahora tengo que estar quieta junto a la ventana tejiendo ropita para mi niño. Ahoram en vez de interesarme por descifrar lo que dicen el viento, el río, los árboles, tengo que aprender los cuentos de Perrault y Scherezada para entrener a mi hijo.
.........
-¡Qué grande empieza a aparecer la luna tras los plátanos de la carretera!

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