miércoles, 28 de agosto de 2013

025.4.- Libro AVENTURAS DE DOS NIÑOS PERONISTAS.

Este libro se imprimió en la primera quincena de Julio de 1948 en Peuser, Patricios 567, Buenos Aires, para la Editorial Codex S.R.L., Sarandí 328, Buenos Aires. Industria Argentina.

Este nuevo abordaje nos permite llevar al final de esta historia.



En el escenario político del país, los acontecimientos se precipitaban.
El coronel Perón, al frente de la repartición creada por él, o sea la Secretaría de Trabajo y Previsión, realizaba una obra digna y humanitaria, sacando de la sombra a millares de seres que hasta entonces habían esperado en vano.
“¡Justicia social!”
Eso era lo que clamaba el pueblo proletario, y desde sus oficinas el hombre luchaba sin descanso por mejorar el nivel de vida de los obreros de la patria. Justas resoluciones llevaron un poco de claridad a muchos hogares humildes.
Vinieron las mejoras de salarios. Ahora, el descamisado, el individuo que hasta entonces había trabajado desesperadamente en favor de unos pocos, podía llamarse independiente desde el punto de vista económico.
Ahora podía sonreír en sus minutos de descanso, ver a sus hijos bien vestidos, llegarse hasta la farmacia a comprar medicamentos sin sobresaltos ni amarguras.
Desde ahora, el peón de campo no sería la criatura siempre explotada que no tiene derecho a rebelarse; ese peón de campo que otrora fue carne de cañón en nuestras luchas por la libertad y que hoy, de sol a sol, labraba la tierra o arreaba ganado por interminables caminos de la llanura.
Ahora estábamos en una nueva Argentina, más justa y, en consecuencia, más grande.




Un día en que su madre lo desvestía, el pequeño Héctor se sorprendió al ver un retrato desconocido colgado de una de las paredes de la habitación.
-¿Y ése, mamita? ¿Ese es el hombre de quien dice papito que hace cosas tan buenas para nosotros?

-Sí, querido, es ése.
-¿Es el mismo de antes? ¿El mismo de quien papá habló hace mucho?  ¿Es el hombre que Mariquita no sabía cómo se llamaba?
-El mismo, Héctor.
-Es el coronel Perón, ¿no, mamita?
-Sí, hijito.
-Papá lo debe querer mucho... Ha colgado el retrato al lado del de abuelita...
-El coronel es el protector de los obreros, de los descamisados, de la clase trabajadora. ¡Merece estar ahí!
Entonces, como dice el “Pecoso”, ¿nosotros somos peronistas?
-Sí, Héctor, somos peronistas –contestó la bondadosa mujer con una sonrisa-. Perón es un patriota, y a los patriotas desinteresados hay que seguirlos siempre.


Transcurrieron meses de contratiempos, de afanes, de lucha sin tregua para los gobernantes. El país, sin embargo, seguía su marcha ascendente, y el pueblo sonreía dichoso.
Y llegó una fecha histórica, comienzo de una nueva era, anhelado camino de paz y bienestar para todos.
Pero, amiguitos míos, no nos apartemos de Héctor y María, los niños, que fueron testigos de acontecimientos que no se habrán de borrar de la memoria de los argentinos que vendrán.
Llegó el 17 de octubre de 1945.
Aquella mañana, los niños, acompañados del abuelo Nicolás, se fueron de paseo hasta el Riachuelo, para ver los barcos.
Sobre la margen sur de aquél, se dieron de boca con una multitud acalorada, la que a gritos pedía que se bajaran los puentes para poder entrar en la Capital.
Era una ola humana incontenible, grandiosa, que porfiaba por llegar hasta las calles del centro. Allí se veían hombres, mujeres, ancianos y hasta niños que levantaban el brazo pidiendo paso libre.
¿Qué sucedía?
El abuelo Nicola, alarmado, buscó un lugar que ofreciera más abrigo.
-¡Queremos pasar! -rugía la gente.
-¡Queremos la libertad de nuestro líder! –vociferaban otros.
Por momentos, parecía que todo ese hervidero de ente inventaría cruzar el río con peligro de la propia vida.
Héctor y Mariquita, aterrados ante semejante espectáculo, se prendían a los brazos del abuelo y lo interrogaban temblorosos.
-¿Qué pasa, abuelito? –preguntaba el niño-. ¿Qué quiere esta gente, que parece que está loca?
-No sé, hijo...
-¡Vamos a casa! –lloriqueó la niña-. ¡Tengo miedo!
El viejo Nicola creyó muy acertado el pedido de la nietecita. En el acto tomó por la calle Montes de Oca en dirección a su no muy lejano barrio.
Pero, ¡cosa extraña! Por todas partes se veían grupos de personas agitadas, sudorosas. En cada esquina se formaban manifestaciones que, entonando cánticos y dando vivas a un hombre, se encaminaban hacia el centro de la ciudad.
-Perón... Perón... Perón...
-Nunca he visto algo parecido –dijo el abuelo, arrastrando a los pequeños.
Un hombre que encabezaba un grupo de disciplinados obreros que acababan de abandonar el trabajo en una fábrica del barrio, pasó junto a los tres, gritando algo que iluminó la mente del abuelo.
-¡A Plaza de Mayo! ¡Queremos la libertad del coronel!
¡La libertad del coronel! Entonces, ¿había sido detenido el líder de los trabajadores? Entonces, ¿toda esa ola humana era el pueblo laborioso de Buenos Aires que marchaba a pedir a su conductor?
Si. ¡Era eso!
El abuelo llegó por fin a la casa. Cubierto de sudor y muy intranquilo, preguntó por los padres de los pequeños.
Catalina, La mujer del fundidor, le explicó lo ocurrido en pocas palabras.
-Han detenido a Perón, y el pueblo ha salido con la gente a Plaza de Mayo.
-¡Yo también quiero ir! –gritó el pequeño, lleno de fuego-. ¡Yo también soy peronista!
-Todavía eres muy chico –respondió el abuelo-. Eso es cosa de hombres, de hombres que piden justicia. Ya te llegará el día en que recuerdes lo que ha pasado y se lo cuentes a tus hijos con orgullo, dentro de muchos años.  El obrero fundidor, padre Mariquita, llego esa noche molido de fatiga y narró lo sucedido.
¿El pueblo, todo el pueblo, millares, centenares de miles de seres humanos, solicitando la libertad de Perón!
Luego, la figura del líder en los balcones de la Casa de Gobierno ante la alegría desbordante de aquella muchedumbre, jamás vista en la Capital Federal.
Día inolvidable! ¡Día único en nuestra historia, ya que desde ese instante cambiaba el destino de la patria!
-Ya tenemos al hombre que esperábamos –dijo el obrero al término de su narración-. Ahora los deseos de justicia se convertirían en felices realidades, aunque no lo quieran los que todavía luchan por aprovecharse de nosotros y explotarnos.
Los niños lo contemplaban, confundidos. Había sido aquél un día extraño, en el curso del cual experimentaron mucho miedo.
Unos minutos de silencio hubo en el humilde cuarto.
Repentinamente, a la distancia, se escuchó un creciente rumor. Era un rumor como de mar, como de tormenta...
Por fin llegaron las palabras con claridad.
La multitud regresaba, satisfecha de haber sido oída. Regresaba, sabiendo que el jefe se hallaba en libertad.
Pasó por la esquina, entre antorchas y banderas.
En millares de bocas, una sola canción:
“¡Oíd mortales!, el grito sagrado
Libertad, libertad, libertad.”
 
 




Con el trascurso de los meses, Perón fue llevado al situal de Presidente de los argentinos. El pueblo lo había elegido en forma tan limpia, que hasta los propios enemigos aplaudieron.
¡Oh, asombro!
Un hombre que levantaba tan sólo el estandarte de la justicia, del patriotismo verdadero y la promesa de mejores días para la patria, fue elegido Presidente y llevado en triunfo por sus conciudadanos.
Todo eso lo vieron Héctor y María.
Los pequeños fueron testigos de tantos acontecimientos maravillosos en tan contados años, que al recordarlos sus cabecitas se nublan y sus ojos se entrecierran, como enceguecidos.
Hoy, sus padres ríen, cantan y van a la tarea diaria con una escarapela al pecho.
Ahora tienen más dinero. Ya no son los miserables obreros que llevaban unos pocos pesos por quincena, entre los suspiros de las esposas y los pedidos insatisfechos de los hijos.
El pueblo se reúne muy seguido en la histórica Plaza de Mayo para saludar a su gobernante y aplaudir su palabra.
“¡Mejor es cumplir que prometer!”
-Sí –dice el padre de María-; Perón cumple, y ya vemos los resultados: ferrocarriles nuestros; teléfonos nuestros, empresas extranjeras nuestras; casas baratas; mejores jornales; libertad, igualdad y fraternidad entre los argentinos. Hombres contentos, y la bandera de Belgrano flameando orgullosa desde La Quiaca hasta la Antártida. ¿Qué más podríamos pedir?
¡¿Y el Plan Quinquenal? –pregunta don Nicolás.
-Otra obra maravillosa, abuelo –responde el obrero-. Gracias a dicho plan, tendremos miles de kilómetros de caminos; miles de escuelas; cientos de diques; millones de hectáreas, hoy improductivas, que se abrirán a los trabajadores del campo. Tendremos muchos hospitales, colegios de enseñanza industrial y mecánica, comisiones de cultura en todos los órdenes, universidades que abran sus puertas sin distinción de clases, fabricas inmensas, y trabajo en una palabra, para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.
¡Esa es la obra de un criollo de ley, al que sigue su pueblo agradecido!
 

Héctor y María, los aventureros y simpáticos hijos de obreros, se hallan en la puerta de su casa, jugando.
-¿Has visto mi muñeca? –pregunta la niña, radiante-. ¡Antes mamita no podía comprarmela, pero anoche me trajo ésta!
-Y tú, ¿has visto mi carrito? –responde el niño, mostrando un hermoso vehículo en miniatura-. Papá me lo regaló ayer. ¡Antes nunca lo tuve yo tampoco!
Los dos sonríen, felices.
En sus rostros angelicales se refleja la dicha de todo un país.
Y aquí llegan a su término, mis queridos lectorcitos, las extraordinarias aventuras de dos niños argentinos que tuvieron la suerte de vivir días gloriosos e inolvidables para la patria.














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