sábado, 24 de agosto de 2013

25.3 Libro Aventuras de DOS NIÑOS PERONISTAS



Oh! Que ha pasado con nuestra lectura. Creí que nadie la extrañaba hasta que llegaron a preguntarme si pesaba en mí cierto tipo de censura. ¡Censura! Eso es cosa de otro tiempo: la cuarta entrega lo demuestra

En el piso de arriba, la escena fue tan emotiva como la anteriormente descripta. Mariquita, sus padres y el abuelito Nicola se fundieron en apretados abrazos. Acto seguido le hicieron ver su error y el inmenso peligro que habían corrido en un día tan lleno de novedades como ése. Los diálogos se sucedían con animación.
-¡Si hubiera visto! –describía la niña a su madre-, ¡Muchos hombres entraron a la carrera en un gran edificio, que después supe era la Casa de Gobierno! Más tarde llegaron los soldados, y el pueblo corría de un lado para otro. Todo eso me dio mucho miedo. ¡Menos mal que Héctor es un hombre! Me tomó de la mano y me escondió detrás de una pared, desde donde vimos muchas cosas que hacían temblar. ¿Qué quería decir todo aquello, papito?
-No lo comprenderías aunque te lo explicara, queridita. Lo único que debes saber es que ahora nosotros, los pobres, vivimos llenos de esperanza de que nos escuchen y de que alguien se ocupe de nuestra situación.
-¿Quiénes mandan ahora, papá? –tornó a preguntar la niña.
-Militares. Hombres hechos a la disciplina y patriotas que sabrán cumplir con su deber.
-Entonces, ¡los hombres que no son militares son malos?
-No, hijita, no. Hay algunos muy buenos, y ellos son los que han hecho esta patria grande donde has nacido, junto con los que llevaron o llevan espada. Los argentinos nos sentimos muy orgullosos de nuestra masa civil, en medio de la cual han vivido y viven ciudadanos que han hecho y hacen honor al país.
-Y esos civiles, ¿han sido patriotas?
-Mucho. Grandes hombres que ya conocerás en la escuela, cuando te lo enseñen. Sabrás entonces quienes fueron Moreno, Rivadavia, Paso, Beruti,  el propio Belgrano antes de ser militar, Chiclana, Justo de Santa María de Oro, Sarmiento, Alem, Yrigoyen y muchos más que se consagraron nada más que a la patria.
-¡Qué lindo sería conocer la vida de cada uno de esos hombres tan grandes!
-Efectivamente –terminó el obrero-. Hoy necesitamos alguno que, como aquéllos, gobierne con justicia y lleve alegría a todos los hogares argentinos.
-¿Y ese hombre de que hablas existe, papá?
-¡No lo sé, Mariquita, pero ojalá sea así!
Minutos después, la niña cerraba sus grandes ojos azules cargados de sueño, y el obrero, besando la frente angelical, se retiraba, entornando cuidadosamente la puerta.



 





El país, bajo el nuevo gobierno revolucionario, prosiguió su vida normalmente. Fue reconocido por todas las naciones del mundo, y sus hombres continuaron desarrollando sus variadas actividades. Para Héctor y Mariquita la vida continuaba siendo la misma, es decir, la escuela, los juegos en la vereda y las reuniones enla casa de dos plantas.
Una noche en que su padre leía el diario y comentaba los últimos acontecimientos, Mariquita escuchó algo que le hizo prestar atención.
-Ahora –había exclamado el padre, levantando los brazos- podemos tener esperanzas de protección. ¡Por fin ha aparecido el hombre que buscábamos! ¡Por fin!
Mariquita hilvanaba esas palabras con otras escuchadas meses antes,  aquella noche en que su papá le hablara ela necesidad de encontrar a alguien que comprendiera el problema de todos los argentinos.
-¿Un hombre? –inquirió la niña con timidez-. ¿Dices que ha aparecido un hombre? ¿No será el mismo de quien me hablaste hace un tiempo, papito?
-Si, hija mía –respondió el obrero-. Es el mismo. El pueblo lo buscaba, el pueblo lo necesitaba sin saber quién podría ser. ¡Hoy lo tenemos! ¡Lo hemos encontrado para que renazcan nuestras esperanzas!
Al día siguiente, de regreso de la escuela, María contó todo esto a su compañerito.
-¡Pero si eso yo lo sé también! –replicó el niño con el airecillo protector que adoptaba siempre que hablaba con su amiguita-. ¡Mi padre hace mucho que habla de ese señor! ¡Cómo se conoce que eres chica y que en tu casa no te consultan para nada! ¡Yo, hasta sé cómo se llama!
-¿Cómo?
-Juan Perón. Es militar... me parece que coronel.
-¿Y qué es ser coronel, Héctor?
-Y... es ser más que sargento... Es el que manda a todos menos al general. Lleva un uniforme muy lindo, con galones dorados y una gorra blanca y azul.
-Entonces, cuando sea grande voy a ser coronel –exclamó la niña con entusiasmo.
¡Bah! ¡No digas tonterías! Eso es cosa de hombres, nada más. Las mujeres solamente pueden ser enfermeras y, alguna que otra vez, puedes llevar el uniforme de la Cruz Roja...
-¡Qué lastima! –dijo la niña con un suspiro-. ¡Qué bien me hubiera quedado esa gorra azul y blanca...!
Y de esta suerte, entregados a ese diálogo inocente y encantador los dos prosiguieron el camino de retorno desde la escuela, que había abierto sus puertas para dar paso a cientos de palomitas blancas.





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